The Myth of the American Sleepover

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We used to go out on the summer nights and dance in the neon rain
We used to hold hands at the movie show but we’ll never hold hands again
Do do do do do come on
Do do do do do come on
Those days are gone
You and I were young those summer nights
You’ll see the world diving for a girl you’ll never find
and then we’ll quietly grow old: the saddest story ever told.

The Saddest Story Ever Told, Magnetic Fields

En algún momento de tu vida, cuando has perdido la batalla con tu barriga, cuando tu historial sentimental está hecho trizas, cuando tu pelo comienza de repente a clarear, entonces (solo entonces) vas y te pones nostálgico, y comienzas a escribir sobre aquel viejo amor de juventud, sobre aquella última noche de verano, sobre lo bien que lo pasabas con tus amigos bebiendo, fumando, bebiendo y fumando. Es lo primero que llama la atención en este género: las películas teenagers no las escriben ni dirigen, precisamente, los adolescentes.   

Peter Bogdanovich tenía 31 años cuando estrenó La última película (The Last Picture Show, 1971). A George Lucas le sumábamos ya 29 primaveras cuando sentó cátedra con American Graffiti (1973). Nuestro dios pagano favorito, Richard Linklater, tenía 33 tacos cuando escribió Movida del 76 (Dazed and Confused, 1993). Y Gregg Mottola, ni más ni menos que 45 cuando se puso tontorrón en Adventureland (2009). A todos ellos rinde homenaje David Robert Mitchell, cuarentón con pintas de acabar de salir del instituto, con su The Myth of the American Sleepover (2010), un minimalista intento por recuperar aquella noche. ¿De qué noche hablamos? Fácil. Volvemos al drive-in y suena Lou Reed mientras besas a tu chica y sí… lo sabemos, hemos caído en la trampa. 

Supermarket

Es la última noche del verano en Detroit. Dos chicas toman el sol en la piscina. Cruzan varias miradas con los chavales. Pasean con sus bicicletas. Todo está tan ordenado que asusta: las amplias calles, la casa con el jardín y la sonrisa de tu vecina. Algo tiene que pasar, aunque no tienen prisa. A diferencia de otras películas, el mundo no se acaba esa noche. Tranquilo, no vas a dejar de ser joven de hoy para mañana. El cineasta se aferra a la ambigüedad y reclama la eterna adolescencia. Es la segunda contradicción del cine de teenagers: su mensaje tiene un público amplio. Todo parece atemporal. No existen las redes sociales ni los teléfonos móviles. Una fotografía todavía es una fotografía. Y aún apuntas los números de las chicas en los brazos. Ese es el paisaje. 

La revolución que pincela Robert Mitchell puede que cambie de protagonista, pero no de mensaje. Tanto da que seas un chaval que acaba de tener pensamientos turbios con la rubia del supermercado, como otro que sigue dándole vueltas a por qué hostias lo dejaría su novia. Nos da lo mismo una fiesta en la piscina que un viaje en coche. Cambia todo, menos el qué. Suben las pulsaciones y aparece la conexión. Al final, todos buscamos lo mismo: regresar a aquel instante.

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Better Call Saul

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Sorprendió la idea de este spin-off. Tiene un riesgo elevado para Vince Gilligan, considerando la cantidad de seguidores que consiguió arrastrar Breaking Bad (2008). El personaje elegido, eso sí, era un caramelo: Saul Goodman. Vuelve, pues, la destartalada sonrisa de Bob Odenkrik. Y sus casposas chapuzas. La balanza de la justicia se convierte en un chiste. Humor negro y mucho cinismo entre los fotogramas de la serie. Avanza, en cualquier caso, sin emocionar. Se nota que el autor conoce la partitura de memoria, y la música suena con soltura. Ya no está el ingenio de antaño. Vive también del carisma que acompaña a Jonathan Banks, quien, en cualquier caso, no me parece que brille en demasía. La cosa es que esto no ha hecho más que empezar. Estamos en el origen de todo: cuando la bondad queda a un lado. Vuelve Slippin’ Jimmy. Que comience el espectáculo.   

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The Killing

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Comenzó siendo aquel policíaco tenebroso, evocador de la mítica The Silence of the Lambs (1991), que tan buenas sensaciones dejó en sus dos primeras temporadas. La gracia, además de las sesudas investigaciones, recaía en la química que existía en la pareja protagonista: Holder y Linden. Eran dos desvalidos que, de pronto, se tenían el uno al otro. Luchaban contra fantasmas, contra monstruos, contra recuerdos tortuosos. Parecían invencibles, aunque no lo fuesen. 

Terminadas las dos primeras temporadas, la serie comenzó a desorientarse. Nombres como Jonathan Demme y Elias Koteas buscaban otorgar un punto de glamour a una obra que no lo necesitaba. El salvajismo más primigenio era su gasolina. El ambiente era hostil, claustrofóbico. Y si escapaba de él, erraba. Así, al defecto de origen -ser un remake de la serie danesa Forbrydelsen (2007)- se le unía en el debe una irregular tercera temporada. La cosa comenzaba a decaer. Y la cuarta temporada, una acelerada despedida, tampoco ha despertado pasiones. El final se encuentra, como digo, en las antípodas de su esencia: la turbiedad. Con todo, una obra notable.    

Drugstore Cowboy: Dilaudid como forma de vida

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El nombre de Gus Van Sant ya sonaba por los circuitos indies a mediados de los años ochenta. No fue, sin embargo, hasta el estreno de esta obra, Drugstore Cowboy, cuando este cineasta emergía a nivel internacional. Escribía y dirigía una película cruel. El despliegue narrativo cubría las peripecias de cuatro jóvenes drogadictos durante el año de 1971. Es pues la época en que el consumismo comienza a estallar. La televisión, de pronto, lo esencializa todo. Y el colocón hippie del ’68 comienza a derivar en adicción descarriada. Es el contexto que envuelve a ese Portland grisáceo que se dibuja en este film. Por sus calles, varados entre moteles baratos y pisos deprimentes, caminan estos chicos, siempre huyendo de la policía, poniendo su vida al servicio de su adicción. Se dedican a atracar farmacias y hospitales. Buscan escapar de todo aquello que les atormenta. Y lo hacen con exactitud: es la magia de la química. 

La apología anfetamínica se percibe en la atractiva estética con la que el cineasta viste a sus miserables protagonistas. El cineasta le da un aire chic a todo ello. Así, destacan Matt Dillon y Kelly Lynch, junto con James LeGros y una jovencísima Heather Graham, en la representación de esta tragedia. Estos antihéroes son la punta de lanza con la que el cineasta busca pinchar al espectador. Son jóvenes criados en la desafección del american dream. Juguetes rotos. El sistema no los ha absorbido en su ola de bienestar y ellos han encontrado otro camino paralelo. Las menudeces y los trapicheos acompañan su quehacer diario. Saben, en el fondo, que la puritana sociedad se apiada de ellos entre desagradables miradas. Puede que, incluso, les tienda la mano para ayudarlos. Tanto les da, pues la realidad es la que es: ¿qué tipo de “reinserción” les espera? 

Esto no va sobre los gramos de más que mantienen despiertos a los guardianes de los mercados financieros. Tampoco trata sobre las fortunas y redes de influencia que se logran amasar con este desvergonzado negocio. Para ello podemos acudir a Traffic (2000), The Wire (2002) o The Wolf of Wall Street (2013). A Van Sant esta dimensión le importa poco. No mira hacia arriba, sino que lo hace hacia abajo. Su principal intención es retratar la periferia. Anticipa el “Choose life. Choose a job. Choose a career. Choose a family. Choose a fucking big television…” que tan bien supo vender Danny Boyle en Trainspotting y se come a esa payasada de Requiem for a dream que tanto gusta a los modernos. No es un paisaje aséptico el que aquí pincela. Centra su atención sobre el outsider. Y abre interrogantes. La vida del marginal se contrapone frente a la vida estable y decente -siempre dibujada con tintes depresivos por Van Sant- del ciudadano de a pie. Escapan de la miseria (material y moral) como pueden. Una sonrisa suicida -estupenda Kelly Lynch- se burla de todo, especialmente de un Matt Dillon reconvertido a hombre de bien. 

El submundo urbano que Van Sant vislumbra se mueve entre falaces contraposiciones, pues frente a la tristona pobreza, frente a la autómata existencia, tan solo parece existir la alternativa que brinda el libertinaje más radical. La superficie, en cambio, tan solo se intuye en palabras de William S. Burroughs. La farmacología -legal o ilegal- no debiera ser la panacea de nuestros males. Y, sin embargo, es la solución que se impone de forma sistemática. En el camino, arrasa con todo. No tiene sentimiento. Y cuando más bajo es el estrato social, más estragos hace. Así, muchos pierden mientras unos pocos ganan. Lo de (casi) siempre. Por la vía legal, a las farmacéuticas les va muy bien. Los gobiernos también tienen pretexto para construir/fortalecer el Estado (de terror) policial. Y por la ilegal, tantos otros obtienen también su trozo de pastel con esa cosa llamada narcotráfico internacional: qué pregunten en Suiza a ver. La sociedad, mientras tanto, se convierte en víctima y verdugo a la vez. La línea que separa a estos dos es muy difusa. Es el universo que ha retratado Van Sant en esta odisea urbana. 

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Gus Van Sant (1989) Drugstore Cowboy

El afrobeat como revolución humana: The Visitor

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Parece una vieja fábrica, desgastada por el paso del tiempo y situada en la periferia neoyorquina. En realidad, es una cárcel. O ni siquiera eso. Sería algo peor. Centro de internamiento lo llaman. Y le respalda la ley. Tu pecado es no tener papeles. Pero claro, una cosa legal no necesariamente tiene porque ser justa. Más aún en los Estados Unidos y, más todavía, si se escribió después del 11S. Que se lo digan a Haaz Sleiman, Tarek en la película. Simpático y alegre, sus raíces están en Palestina, si bien él es natural de Damasco. ¿Qué hace un sirio en Nueva York? Pues ganarse la vida como puede. Igual que su chica, Danai Gurira (Zainab), otra valiente más. Ambos viven con el miedo de ser detenidos. Detención, en su temeroso lenguaje, significa deportación.

Por allí pasa Richard Jenkins. Un coloso como actor. Vive en Connecticut, siendo un prototípico burgués. Es profesor universitario, viudo y amante de la música clásica. Su día a día, pues, es tirando a gris. Imparte conferencias sobre cómo “desarrollar” a los países menos avanzados. Lo hace, qué fácil, desde su acomodada perspectiva y arrastrando consigo los mil y un prejuicios. Es un bufón más en la corte liberal. Tiene, por supuesto, una segunda residencia; un apartamento en la ciudad de Nueva York. Y dos inmigrantes (dos personas, dirán otros) viven allí sin él saberlo. Por eso llega el susto primero y, luego, la cordialidad. Se caen bien. Les abre sus puertas, quizás buscando la simple compañía, quizás acordándose de ese hijo que vive en Londres y al que nunca ve. Aparece la complicidad entre ellos. A él le acaban de insuflar vitalidad. De repente, se enamora del afrobeat. Comienza a escuchar a Fela Kuti. Descubre que un árabe, a pesar de lo que diga la legión de fundamentalistas occidentales, no es ni mejor ni peor que él. Y que una africana es más que una estadística. Piensa por sí misma, tiene alma de artista y lucha por seguir hacia adelante.

Thomas McCarthy, autor del film, no esconde sus cartas. Es un magnífico narrador. Ataca sin disimulos al país libre por excelencia. Se ríe con sorna de la Estatua de la Libertad. ¿Qué libertad es esa? Esa es la pregunta a la que responde su medido panfleto. Podemos comprar inútil tecnología a Hong-Kong desde Europa y vender después a Chile para que termine finalmente como basura por las calles de África. Podemos, apoyados en la libre circulación de capitales, hundir la economía de un país con un simple click. Podemos orquestar unas elecciones para disfrazar que todos aquí somos de lo más cívicos. Y podemos, en nombre de la libertad, levantar infiernos terrenales como Guantánamo o Abu Ghraib. Pero si somos tan libres, ¿por qué no podemos vivir donde nos dé la real gana? La libertad económica -tecnológica, financiera, industrial, petrolera- va un paso por delante de todas las demás. Por eso mismo, porque nuestra libertad, esa que tanto veneramos y defendemos, es, en esencia, hipócrita desde la cuna. Porque en nombre de la libertad debemos ordenar la sociedad en categorías de mejores y peores, de integrados y excluidos, de iguales y desiguales. Esas es la libertad de los modernos.

No solo es el debate sobre el melting pot norteamericano de lo que se habla, que también. No solo es saltar por los aires la utopía del american dream y la tierra de las oportunidades, que también. Va más allá de eso. Es reflexionar, tan simple como complicado, sobre el mundo que hemos creado. Es ponerle voz al silencio. Contar la historia desde el otro lado. Por eso, el protagonista no se resigna. Esta es una película cargada de conciencia social. Con la excusa de la inmigración, embiste al sistema de frente. Se contagia de la enérgica alegría que da el Djembe. Un simple papel, ese que dice quién es ciudadano y quién no, dinamita por los aires miles y miles de historias. Historias humanas, vidas. La metáfora de la libertad se reduce a un gélido mostrador (por favor, retírese de la ventanilla) que te trata como a un idiota. Detrás de esa tempestad, sin embargo, encontramos un sinfín de virtudes enraizadas en el simple calor humano. Ese del que no entienden los números. Ese que sabe detectar -diga lo que diga la burocracia, la ley o la Santísima Trinidad- cuando una cosa está bien y cuando no lo está.

In this image released by Overture Films, Richard Jenkins, left, and Haaz Sleiman are shown in a scene from the film, "The Visitor." (AP Photo/Overture Films, JoJo Whildon) ** NO SALES **

Thomas McCarthy (2007) The Visitor

Una historia sobre el fracking

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Siempre puñal en mano, Gus Van Sant atiza contra el capital. Ordena sus pensamientos mientras deja caer su cámara en los tranquilos paisajes que ofrece Pennsylvania, en el noreste de los Estados Unidos. Las palabras las maneja uno de sus pupilos, Matt Damon. Este no solo escribe, también interpreta al protagonista del film. En el núcleo de todo está la conciencia: qué hacer, cómo actuar. Nos sitúan entre nosotros y ellos. El corazón frente a la cabeza. El sentimiento frente a los números. Qué América queremos construir. ¿De verdad vamos a vender nuestras tierras, nuestra forma de vida? Los dilemas de Damon canalizan las divulgativas aguas de este film: el fracking está bajo su punto de mira. Los demócratas estadounidenses se frotan las manos. La película busca llegar al gran público y, con esta intención, pierde profundidad mientras baña innecesariamente sus fotogramas con el simplón romance que representa Rosemarie DeWitt o la payasa manera con que se introduce el tema de Irak a través del personaje a quien interpreta Scoot McNairy. El panfleto, por desgracia, nadie lo discute. Igualmente tiene su punto, pues se ve con gusto. Andan por aquí Frances McDormand -brillante en su desoladora actuación- y un siempre acertado Hal Holbrook, líder espiritual de la narración. El puñetazo se queda en poco. La cosa daba para más.   

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Gus Van Sant (2012) Promised land

Soledad en la América profunda

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Sam Shepard coge el montante y se larga. No quiere saber nada del cine. Sus tiempos de gloria ya pasaron. Ahora es un crepuscular recuerdo de lo que un día fue. Está hastiado, vacío. Ha derrochado su vida entre alcohol, drogas y jovencitas. Pero su triste realidad exige un ajuste de cuentas. Por eso huye, cabizbajo. Quiere acurrucarse en Elko, su ciudad natal, en compañía de su anciana madre, una mujer a la que no ha visitado en treinta años. Y allí, esta le desvelará un secreto: tiene un hijo. El viaje sigue hacia adelante. Montana aparece como la metáfora de lo que fue y lo que pudo haber sido. También la triste sonrisa de una maravillosa Jessica Lange. El caminante hace camino. Cuenta sus días por derrotas mientras amontona desafecto como único equipaje. Ni familia ni amigos, tan solo la soledad y la sombra de un excelente (dardo envenenado a la industria) Tim Roth. Se vislumbra el recuerdo de Paris, Texas (1984) en los fotogramas. La poesía visual de Wim Wenders consigue deslumbrar, evocando a esa América profunda que bien podría pincelar el propio Edward Hopper. Sin embargo, le falta emoción y vida a esta narración. El choque entre los bastardos y su verdugo no termina de producirse. Y las lágrimas de Shepard no me llegan. Sarah Polley es quien, por momentos, llena este vacío.      

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Wim Wenders (2005) Don’t come knocking