Soledad en la América profunda

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Sam Shepard coge el montante y se larga. No quiere saber nada del cine. Sus tiempos de gloria ya pasaron. Ahora es un crepuscular recuerdo de lo que un día fue. Está hastiado, vacío. Ha derrochado su vida entre alcohol, drogas y jovencitas. Pero su triste realidad exige un ajuste de cuentas. Por eso huye, cabizbajo. Quiere acurrucarse en Elko, su ciudad natal, en compañía de su anciana madre, una mujer a la que no ha visitado en treinta años. Y allí, esta le desvelará un secreto: tiene un hijo. El viaje sigue hacia adelante. Montana aparece como la metáfora de lo que fue y lo que pudo haber sido. También la triste sonrisa de una maravillosa Jessica Lange. El caminante hace camino. Cuenta sus días por derrotas mientras amontona desafecto como único equipaje. Ni familia ni amigos, tan solo la soledad y la sombra de un excelente (dardo envenenado a la industria) Tim Roth. Se vislumbra el recuerdo de Paris, Texas (1984) en los fotogramas. La poesía visual de Wim Wenders consigue deslumbrar, evocando a esa América profunda que bien podría pincelar el propio Edward Hopper. Sin embargo, le falta emoción y vida a esta narración. El choque entre los bastardos y su verdugo no termina de producirse. Y las lágrimas de Shepard no me llegan. Sarah Polley es quien, por momentos, llena este vacío.      

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Wim Wenders (2005) Don’t come knocking  

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