American dream

Better Call Saul

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Sorprendió la idea de este spin-off. Tiene un riesgo elevado para Vince Gilligan, considerando la cantidad de seguidores que consiguió arrastrar Breaking Bad (2008). El personaje elegido, eso sí, era un caramelo: Saul Goodman. Vuelve, pues, la destartalada sonrisa de Bob Odenkrik. Y sus casposas chapuzas. La balanza de la justicia se convierte en un chiste. Humor negro y mucho cinismo entre los fotogramas de la serie. Avanza, en cualquier caso, sin emocionar. Se nota que el autor conoce la partitura de memoria, y la música suena con soltura. Ya no está el ingenio de antaño. Vive también del carisma que acompaña a Jonathan Banks, quien, en cualquier caso, no me parece que brille en demasía. La cosa es que esto no ha hecho más que empezar. Estamos en el origen de todo: cuando la bondad queda a un lado. Vuelve Slippin’ Jimmy. Que comience el espectáculo.   

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El afrobeat como revolución humana: The Visitor

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Parece una vieja fábrica, desgastada por el paso del tiempo y situada en la periferia neoyorquina. En realidad, es una cárcel. O ni siquiera eso. Sería algo peor. Centro de internamiento lo llaman. Y le respalda la ley. Tu pecado es no tener papeles. Pero claro, una cosa legal no necesariamente tiene porque ser justa. Más aún en los Estados Unidos y, más todavía, si se escribió después del 11S. Que se lo digan a Haaz Sleiman, Tarek en la película. Simpático y alegre, sus raíces están en Palestina, si bien él es natural de Damasco. ¿Qué hace un sirio en Nueva York? Pues ganarse la vida como puede. Igual que su chica, Danai Gurira (Zainab), otra valiente más. Ambos viven con el miedo de ser detenidos. Detención, en su temeroso lenguaje, significa deportación.

Por allí pasa Richard Jenkins. Un coloso como actor. Vive en Connecticut, siendo un prototípico burgués. Es profesor universitario, viudo y amante de la música clásica. Su día a día, pues, es tirando a gris. Imparte conferencias sobre cómo “desarrollar” a los países menos avanzados. Lo hace, qué fácil, desde su acomodada perspectiva y arrastrando consigo los mil y un prejuicios. Es un bufón más en la corte liberal. Tiene, por supuesto, una segunda residencia; un apartamento en la ciudad de Nueva York. Y dos inmigrantes (dos personas, dirán otros) viven allí sin él saberlo. Por eso llega el susto primero y, luego, la cordialidad. Se caen bien. Les abre sus puertas, quizás buscando la simple compañía, quizás acordándose de ese hijo que vive en Londres y al que nunca ve. Aparece la complicidad entre ellos. A él le acaban de insuflar vitalidad. De repente, se enamora del afrobeat. Comienza a escuchar a Fela Kuti. Descubre que un árabe, a pesar de lo que diga la legión de fundamentalistas occidentales, no es ni mejor ni peor que él. Y que una africana es más que una estadística. Piensa por sí misma, tiene alma de artista y lucha por seguir hacia adelante.

Thomas McCarthy, autor del film, no esconde sus cartas. Es un magnífico narrador. Ataca sin disimulos al país libre por excelencia. Se ríe con sorna de la Estatua de la Libertad. ¿Qué libertad es esa? Esa es la pregunta a la que responde su medido panfleto. Podemos comprar inútil tecnología a Hong-Kong desde Europa y vender después a Chile para que termine finalmente como basura por las calles de África. Podemos, apoyados en la libre circulación de capitales, hundir la economía de un país con un simple click. Podemos orquestar unas elecciones para disfrazar que todos aquí somos de lo más cívicos. Y podemos, en nombre de la libertad, levantar infiernos terrenales como Guantánamo o Abu Ghraib. Pero si somos tan libres, ¿por qué no podemos vivir donde nos dé la real gana? La libertad económica -tecnológica, financiera, industrial, petrolera- va un paso por delante de todas las demás. Por eso mismo, porque nuestra libertad, esa que tanto veneramos y defendemos, es, en esencia, hipócrita desde la cuna. Porque en nombre de la libertad debemos ordenar la sociedad en categorías de mejores y peores, de integrados y excluidos, de iguales y desiguales. Esas es la libertad de los modernos.

No solo es el debate sobre el melting pot norteamericano de lo que se habla, que también. No solo es saltar por los aires la utopía del american dream y la tierra de las oportunidades, que también. Va más allá de eso. Es reflexionar, tan simple como complicado, sobre el mundo que hemos creado. Es ponerle voz al silencio. Contar la historia desde el otro lado. Por eso, el protagonista no se resigna. Esta es una película cargada de conciencia social. Con la excusa de la inmigración, embiste al sistema de frente. Se contagia de la enérgica alegría que da el Djembe. Un simple papel, ese que dice quién es ciudadano y quién no, dinamita por los aires miles y miles de historias. Historias humanas, vidas. La metáfora de la libertad se reduce a un gélido mostrador (por favor, retírese de la ventanilla) que te trata como a un idiota. Detrás de esa tempestad, sin embargo, encontramos un sinfín de virtudes enraizadas en el simple calor humano. Ese del que no entienden los números. Ese que sabe detectar -diga lo que diga la burocracia, la ley o la Santísima Trinidad- cuando una cosa está bien y cuando no lo está.

In this image released by Overture Films, Richard Jenkins, left, and Haaz Sleiman are shown in a scene from the film, "The Visitor." (AP Photo/Overture Films, JoJo Whildon) ** NO SALES **

Thomas McCarthy (2007) The Visitor

Soledad en la América profunda

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Sam Shepard coge el montante y se larga. No quiere saber nada del cine. Sus tiempos de gloria ya pasaron. Ahora es un crepuscular recuerdo de lo que un día fue. Está hastiado, vacío. Ha derrochado su vida entre alcohol, drogas y jovencitas. Pero su triste realidad exige un ajuste de cuentas. Por eso huye, cabizbajo. Quiere acurrucarse en Elko, su ciudad natal, en compañía de su anciana madre, una mujer a la que no ha visitado en treinta años. Y allí, esta le desvelará un secreto: tiene un hijo. El viaje sigue hacia adelante. Montana aparece como la metáfora de lo que fue y lo que pudo haber sido. También la triste sonrisa de una maravillosa Jessica Lange. El caminante hace camino. Cuenta sus días por derrotas mientras amontona desafecto como único equipaje. Ni familia ni amigos, tan solo la soledad y la sombra de un excelente (dardo envenenado a la industria) Tim Roth. Se vislumbra el recuerdo de Paris, Texas (1984) en los fotogramas. La poesía visual de Wim Wenders consigue deslumbrar, evocando a esa América profunda que bien podría pincelar el propio Edward Hopper. Sin embargo, le falta emoción y vida a esta narración. El choque entre los bastardos y su verdugo no termina de producirse. Y las lágrimas de Shepard no me llegan. Sarah Polley es quien, por momentos, llena este vacío.      

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Wim Wenders (2005) Don’t come knocking  

Amor y otras cosas en Long Island (III)

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Be good to her, and she’ll be good to you.

La novia de Robert Burke no termina de quererlo. Se la acaba de pegar. Por partida doble, además. El amor de su vida lo ha dejado… en mitad de un atraco que él mismo había ideado. Ni chica ni dinero. Está jodido: trouble and desire. Es la tragedia de la vida, cuenta. Con esas aparece por allí su hermano menor, Bill Sage. Busca a su padre, un anarquista revolucionario que lleva 20 años escondido. En el camino acaba de quedar prendado de Holly Marie Combs, sensual colegiala que decide ayudarlo. Tiene un nombre y un lugar. Juntos, los hermanos, se dirigen hacia Long Island. Tienen los bolsillos tan vacíos como su corazón. El mayor dice que se quedará para siempre con la siguiente rubia que encuentre en su vida: pam, Karen Sillas aparece en escena. En su expediente colean más derrotas de las que uno podría imaginar. Al pequeño le hace gracia la rarita de Elina Löwensohn, quiere enamorarse de una puñetera vez. Han alterado, entre los dos, las líneas maestras de un pequeño pueblo de interior. Son los suburbios norteamericanos. Van en busca de su padre y, por el camino, quieren hacer su revolución: propagan el amor romántico. Menudos versos libres escribe Hal Hartley, poeta de la clase trabajadora estadounidense. Llena la narración de náufragos mientras en el ambiente se palpa una extraña naturalidad. Diálogos para enmarcar. Suena Sonic Youth y todos bailan en una escena estupenda. Una de tantas. Los vagabundos de esta narración no dicen nunca “te quiero”. Tampoco hay acaramelados besos ni cursis discursos. Basta una mirada. Es cine subversivo, mordaz, romántico. Es muchas cosas más. Y todas son buenas.

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Hal Hartley (1992) Simple men

Amor y otras cosas en Long Island (II)

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– I respect and admire you.
– Is that love?
– No, that’s respect and admiration.

La noche cae mientras en una vieja casa se encuentran dos jóvenes vagabundos. Ella tiene 17 años y está preñada. O lo que es lo mismo: I am ashamed of being young I am ashamed of being stupid. Es la estupenda Adrienne Shelly, recital. Él aparece allí medio deprimido, medio suicida. Como siempre. Escupe al mundo porque no le gusta lo que ve. Se refugia en los libros, en su introversión. Es Martin Donovan, “peligrosamente sincero”. Son las dos pinceladas que dan forma a un Long Island alienado por la televisión, anestesiado sentimentalmente y preso del desafecto. Se sienten vulnerables, quieren escapar de allí. El vacío se adorna, en cambio, con un afectuoso arcoíris. Caes así en la brillantez de los diálogos y sonríes frente al mordaz sentido del humor del cineasta. Mientras tanto, los personajes te han atrapado con su extraña -o no tan extraña- forma de ser. Todo es de una bonita sencillez. Y nada resulta empalagoso. Hal Hartley no solo vuelve a retratar lúcidamente las estructuras que rigen a la clase trabajadora estadounidense, sino que, en un repunte de originalidad y frescura, imparte cátedra en el tema más manido de todos: el amor.

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Hal Hartley (1990) Trust

En la colina de la pobreza

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Missouri. Los años de la Gran Depresión. La sociedad se parte a trozos desiguales en los Estados Unidos. Mientras eso sucede, un niño crece a la fuerza. Tiene una inventiva esplendorosa en sus narraciones. Cautiva a su profesora. Tiene un don: es avispado, perspicaz e inteligente. Algún día será un gran escritor conocido como A.E. Hotchner. Ahora, en cambio, soporta la triste realidad que le acompaña: es pobre. Genial Steven Soderbergh en la escena en la que el muchacho huye por la ventana en mitad de una acomodada fiesta de graduación. Se siente señalado, culpable… ¿culpable de qué? Su madre está enferma, le alejaron de su hermano y su padre no hace otra cosa que acumular tortazos. Está solo, rodeado de náufragos como él que malviven en la tercera planta de un fatigoso hotel. La narración avanza ligera a pesar de la sudorosa fotografía que le acompaña. Es una película que ves con gusto. Sorprende el protagonista, Jesse Bradford: colosal en su odisea. Y me gusta la complicidad que mantiene con Adrien Brody, otro que está de sobresaliente. Tiene, sin embargo, un final acaramelado que destroza, por tramposo y manipulador, la notable línea que hasta los cinco minutos finales había proyectado el film.  

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Steven Sorderbergh (1993) King of the hill    

Amor y otras cosas en Long Island

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– That girl is crazy. 
– I know but I like her.

Robert Burke hace dedo en mitad de la carretera con tal de volver a su hogar. ¿De dónde vienes? pregunta el conductor. La respuesta es contundente a ojos de Hal Hartley: un coche frena en seco, una puerta se abre y un tipo, vestido totalmente de negro, se baja. Acaba de salir de la cárcel. Regresa a la abandonada casa de su padre, en la periferia de Nueva York, en Long Island. Los vecinos pronto recelan de él. Acaba de provocar un terremoto. Él solo quiere arreglar la casa, encontrar un trabajo tranquilo y leer libros durante la tarde. Sin embargo, colean dos asesinatos -su antigua novia y el padre de esta- en su expediente. Una Lolita, la estupenda Adrienne Shelly, además, queda cautivada por la enigmática pose (celibato incluido) del recién llegado. Quiere cambiar el mundo, cosa para la cual empieza dejando al plasta de su novio y termina -gracioso el guionista- posando desnuda como modelo. Te empapas así de las inquietudes (políticas, sociales y culturales) de la clase trabajadora estadounidense. Pero bien, vamos a lo que vamos: ¿Se quieren o no se quieren? Eso es lo que mantiene a flote el film: la química entre los dos protagonistas. Bien definidos, con carácter y personalidad. Sonríes ante la retahíla de rarezas que se levanta enfrente tuyo. No faltan secundarios estrafalarios. Una comedia romántica repleta de frescura, intriga y un agradecido sentido del humor. Firmo ya que el noventa por ciento del género fuera la mitad de bueno.

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Hal Hartley (1989) The unbelievable truth