American New Wave

El desencanto de una generación

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En algún lugar de California se deja llevar Jack Nicholson. Uno de los grandes actores de siempre debuta como protagonista en Hollywood. En su casa, una foto de Kennedy adorna el salón. La nostalgia de Bob Rafelson, quizás. La estampa del protagonista desprende vacío, desolación. Por eso baila en mitad de un atasco. Por eso toca el piano a lomos de un viejo camión. Fue un niño prodigio, sin embargo, su presente está como operario en la refinería. ¿Por qué? Karen Black llora. Brutal personaje. Es la novia camarera: ilusa, despreocupada e inocente. La juventud se despide de ella. Y la ha desperdiciado con un payaso. Él no la quiere, huye de sus caricias. Por eso se entretiene con la primera fulana que se le cruza. La anarquía y la lucidez lo marchitan, mientras la insatisfacción reina en el ambiente: así lo capta la fotografía de Laszlo Kovacs. El espíritu del ’68 martillea a la sociedad estadounidense. No se encuentra cómodo en ningún lugar. Ni siquiera con su familia. Se ha enredado con la minifalda de su cuñada, la arpía de Susan Anspach. Puede que sea su escapatoria, su brújula… no, no va a suceder. Ella tiene un esquema ordenado sobre la felicidad, y piensa seguirlo al pie de la letra. Llora ante su padre. Llora de frustración, de rabia, de impotencia. Se mira al espejo y no se reconoce. Quiere desayunar tostadas, pero ni eso le conceden. Grita y se enfurece: es la mejor escena del film. El american dream se lleva un bofetón en toda regla. 

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Bob Rafelson (1970) Five easy pieces

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El final de Arcadia

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Dos jóvenes corren, saltan de alegría. Es el año 1870. Tienen el futuro en sus manos, rendidos frente a la despreocupación. Pertenecen a la clase social de los elegidos: acaban de graduarse en Harvard. Les importa un rábano el discurso de graduación sobre realzar la cultura… ellos solo tienen ojos para las chicas. En 1890, las cosas han cambiado. El paso del tiempo les pesa. Una lista de la muerte tiene la culpa: 125 personas deben desaparecer de Wyoming. La Stock Growers’ Association acaba de declarar la guerra a los “anarquistas y ladrones” que pueblan Johnson County. Mientras, John Hurt ahoga en el alcohol el mundo de hipocresía y cinismo en el que vive. En el fondo, este grupo empresarial tan solo quiere borrar del mapa a los inmigrantes llegados desde Europa, ahora convertidos a campesinos en la tierra de las oportunidades. Es la América que se construye desde la costa este, desde Wall Street. La América que se levanta a base de violencia y sangre. Generalmente, la sangre del débil, del pobre. Atroz. Y todo con la complacencia de la política, bajo el amparo de la ley. El vínculo clasista se acentúa con los dilemas de los protagonistas. Kris Kristofferson renuncia a sus privilegios, a su opulencia. No quiere formar parte de esta génesis. Luchará del lado de los desfavorecidos. Frente a él, Christopher Walken, inmigrante de origen, asesina en nombre de los intereses elitistas. Ambos dos, por si fuera poco, se han rendido a los encantos de la sensual Isabelle Huppert, prostituta local. Pero el tiempo continúa avanzando: en 1904 un barco navega por las costas de Newport. Un hombre taciturno camina por la cubierta, abrazado al desencanto. Puñetazo seco. El tríptico de Michael Cimino escupe sin disimulos un capítulo importante de la historia estadounidense. Fotografiado estupendamente por Vilmos Zsigmond, este western siempre ha cargado con la etiqueta de maldito. Hundió a la United Artists, cuna de Chaplin y Allen. El cineasta nunca volvió a ser el mismo. Y Reagan tuvo su excusa para liquidar Arcadia. Al menos, la cosa mereció la pena.

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Michael Cimino (1980) Heaven’s gate    

Adiós al valle

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Cuatro amigos deciden olvidar la vida en Atlanta por unos días. El domingo estarán de vuelta para disfrutar del partido. Sin problemas. Piensan evadirse rodeándose de la naturaleza, adentrarse en los montes Apalaches y navegar el río Cahulawassee. Tal río, en realidad, no existe. Son aguas inventadas por James Dickey, aunque la ficción también le pone fin: una presa, amenaza explícita en el cine de John Boorman (La selva esmeralda, 1985), terminará prematuramente con el valle. A Ned Beatty, fantoche urbanita, poco le importa. Quiere su tienda de campaña, su vino y sus risas con los amigos. No sabe todavía lo que le viene encima. La calidez de la naturaleza -tan bien retratada por Vilmos Zsigmond– dura un asalto. El karma de los bosques no quiere a estos chicos de ciudad merodeando por allí. Aquella se rebela contra el intruso. El río los escupe. Y el montañero los maltrata. El arco de Burt Reynolds contraataca. La mirada de Jon Voight aterra. El hombre es un lobo para el hombre. Una vez más, la violencia y las manidas tinieblas se imponen. Se esfuma la armonía en nombre de la supervivencia. Dos mundos que colisionan: ¿quién golpeó primero? Pesadilla impoluta. Queda Ronny Cox y un harapiento muchacho… un duelo banjo-guitarra emblemático.    

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John Boorman (1972) Deliverance