Amore

Buñuel y la burguesía: la pérdida de la inocencia de Catherine Deneuve

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En su obsesión por destrozar los cimientos burgueses, Luis Buñuel se agarra a la inmensa Catherine Deneuve y a su volátil interpretación para dar rienda suelta a un relato en el que el corsé burgués se enmaraña con la liberación sexual de la mujer. Ella es una esposa modélica, sensible y delicada. Tiene una apariencia incorrupta que se ha ido gestando desde su conservadora niñez. Cuida de su hogar y de su marido. Sin embargo, sueña con otra vida. Enfermizas historias de amor le desvelan mientras la perversa fantasía corrompe su hipócrita cotidianidad. Quiere a su chico, Jean Sorel, pero el acomodo la espanta. En el fondo, busca desatarse. La prostitución emerge como un universo subterráneo, atractivo y peligroso a la vez. Es así, temerosa, como acude a reclamar la atención de Madame Anais. Pronto la bautizarán: Belle de jour. El machismo lo carcome todo, sueño y realidad. Tanto da un burdel como una casa de bien. La hipnótica puesta en escena del cineasta estalla definitivamente con la presencia de Francisco Rabal y, sobre todo, con el enigmático personaje a quien interpreta Pierre Clémenti. El aire feminista se agita con un torbellino misógino. Los fantasmas, reales e imaginarios, alteran la simulada inocencia del verdadero corazón del film que, como digo, no es otro que Catherine Deneuve. Todo es muy turbio en esta voraz odisea femenina.     

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Luis Buñuel (1967) Belle de jour

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Amor y otras cosas en Long Island (III)

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Be good to her, and she’ll be good to you.

La novia de Robert Burke no termina de quererlo. Se la acaba de pegar. Por partida doble, además. El amor de su vida lo ha dejado… en mitad de un atraco que él mismo había ideado. Ni chica ni dinero. Está jodido: trouble and desire. Es la tragedia de la vida, cuenta. Con esas aparece por allí su hermano menor, Bill Sage. Busca a su padre, un anarquista revolucionario que lleva 20 años escondido. En el camino acaba de quedar prendado de Holly Marie Combs, sensual colegiala que decide ayudarlo. Tiene un nombre y un lugar. Juntos, los hermanos, se dirigen hacia Long Island. Tienen los bolsillos tan vacíos como su corazón. El mayor dice que se quedará para siempre con la siguiente rubia que encuentre en su vida: pam, Karen Sillas aparece en escena. En su expediente colean más derrotas de las que uno podría imaginar. Al pequeño le hace gracia la rarita de Elina Löwensohn, quiere enamorarse de una puñetera vez. Han alterado, entre los dos, las líneas maestras de un pequeño pueblo de interior. Son los suburbios norteamericanos. Van en busca de su padre y, por el camino, quieren hacer su revolución: propagan el amor romántico. Menudos versos libres escribe Hal Hartley, poeta de la clase trabajadora estadounidense. Llena la narración de náufragos mientras en el ambiente se palpa una extraña naturalidad. Diálogos para enmarcar. Suena Sonic Youth y todos bailan en una escena estupenda. Una de tantas. Los vagabundos de esta narración no dicen nunca “te quiero”. Tampoco hay acaramelados besos ni cursis discursos. Basta una mirada. Es cine subversivo, mordaz, romántico. Es muchas cosas más. Y todas son buenas.

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Hal Hartley (1992) Simple men

El amor según Kubrick

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A James Mason se le está pasando el arroz. En su interior, en cambio, se siente tan joven como cuando tenía veinte años. Por eso se lanza al nuevo mundo, arriesgando. Deja atrás Europa y su vida de siempre para refugiarse en la aburguesada New Hampshire. Una viuda le corteja, aunque él no está interesado. No quiere un alquiler que conlleve tal extra. Pero sale al jardín… y allí está, Lolita. La acaba de retratar de forma imperecedera Oswald Morris. La quiere para sí. Propiedad privada. El obsesivo deseo de Vladimir Nabokov llega a la gran pantalla. La juguetona Sue Lyon, icónica en cuanto a tentación se refiere, vuelve majara al protagonista. También a su madre, otra desquiciada: monumental Shelley Winters en su papel de ilusa romanticona. Cuánto sentimiento encontrado. Falta un encantador de serpientes como Peter Sellers, maestro de la oscuridad aquí, para completar este turbio lienzo sobre perversión humana. Lo del amor es un viejo chiste a ojos de Stanley Kubrick. Si en Eyes wide shut un pensamiento infiel abría el recital de sexo corrupto y descarriados deseos, en Lolita bastan las piernas de una quinceañera para destrozar conciencias a base de celos, erotismo y pavor. Todo es sutil y figurado. También intrincado. El cineasta maneja la narración con gusto. El pecado, junto con la manipulación y el engaño, se lee entre líneas.  No hace falta ser explícito con el tema: la cara de el profesor habla por sí sola. Aquí no hay almíbar ni postales románticas. El nombre de Dolores Haze denota simple poesía de la vulgaridad y el patetismo.  

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Stanley Kubrick (1962) Lolita

Amor y otras cosas en Long Island (II)

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– I respect and admire you.
– Is that love?
– No, that’s respect and admiration.

La noche cae mientras en una vieja casa se encuentran dos jóvenes vagabundos. Ella tiene 17 años y está preñada. O lo que es lo mismo: I am ashamed of being young I am ashamed of being stupid. Es la estupenda Adrienne Shelly, recital. Él aparece allí medio deprimido, medio suicida. Como siempre. Escupe al mundo porque no le gusta lo que ve. Se refugia en los libros, en su introversión. Es Martin Donovan, “peligrosamente sincero”. Son las dos pinceladas que dan forma a un Long Island alienado por la televisión, anestesiado sentimentalmente y preso del desafecto. Se sienten vulnerables, quieren escapar de allí. El vacío se adorna, en cambio, con un afectuoso arcoíris. Caes así en la brillantez de los diálogos y sonríes frente al mordaz sentido del humor del cineasta. Mientras tanto, los personajes te han atrapado con su extraña -o no tan extraña- forma de ser. Todo es de una bonita sencillez. Y nada resulta empalagoso. Hal Hartley no solo vuelve a retratar lúcidamente las estructuras que rigen a la clase trabajadora estadounidense, sino que, en un repunte de originalidad y frescura, imparte cátedra en el tema más manido de todos: el amor.

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Hal Hartley (1990) Trust

Amor y otras cosas en Long Island

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– That girl is crazy. 
– I know but I like her.

Robert Burke hace dedo en mitad de la carretera con tal de volver a su hogar. ¿De dónde vienes? pregunta el conductor. La respuesta es contundente a ojos de Hal Hartley: un coche frena en seco, una puerta se abre y un tipo, vestido totalmente de negro, se baja. Acaba de salir de la cárcel. Regresa a la abandonada casa de su padre, en la periferia de Nueva York, en Long Island. Los vecinos pronto recelan de él. Acaba de provocar un terremoto. Él solo quiere arreglar la casa, encontrar un trabajo tranquilo y leer libros durante la tarde. Sin embargo, colean dos asesinatos -su antigua novia y el padre de esta- en su expediente. Una Lolita, la estupenda Adrienne Shelly, además, queda cautivada por la enigmática pose (celibato incluido) del recién llegado. Quiere cambiar el mundo, cosa para la cual empieza dejando al plasta de su novio y termina -gracioso el guionista- posando desnuda como modelo. Te empapas así de las inquietudes (políticas, sociales y culturales) de la clase trabajadora estadounidense. Pero bien, vamos a lo que vamos: ¿Se quieren o no se quieren? Eso es lo que mantiene a flote el film: la química entre los dos protagonistas. Bien definidos, con carácter y personalidad. Sonríes ante la retahíla de rarezas que se levanta enfrente tuyo. No faltan secundarios estrafalarios. Una comedia romántica repleta de frescura, intriga y un agradecido sentido del humor. Firmo ya que el noventa por ciento del género fuera la mitad de bueno.

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Hal Hartley (1989) The unbelievable truth

En la soledad de la ciudad

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La noche cae y un grupo de personas se despide. El alma de Dostoievski pulula en el ambiente. Cada uno va por su cuenta. Uno de ellos vaga por las calles de Livorno. Es Marcello Mastrioanni, más solo que nunca. ¿Acaso fue feliz algún día? Está harto de no hablar con nadie, de no sentir nada. Un nómada sin raíces que escucha, de pronto, un llanto. Es la hermosa Maria Schell abrazada a un melancólico puente, esperando, entre la decepción y la tristeza, la vuelta de su amado. Él le habla tímidamente mientras se ofrece para acompañarla a casa. Ella acepta a regañadientes. ¿Comienza así una nueva historia de amor? Eso le gustaría a él, quizás el chico más apuesto del lugar. Una íntima batalla escenificada con sentimiento y emoción -que no sensiblería- por Luchino Visconti. La fotografía de Giuseppe Rotunno es preciosa. Él la quiere, aunque ella no lo quiere a él. Él le dice que la esperará, mientras ella dice que quizás. Él se resigna, pues el corazón de ella está ocupado en otro sitio. El pobre infeliz no ha conseguido escapar de la soledad de la ciudad. La historia acaba igual que comienza: Nino Rota lo expresa maravillosamente. Al menos han bailado, han reído y han paseado felices.

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Luchino Visconti (1957) Le notti bianche