Drama sureño

Desamparo en la América profunda

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Canta Saoirse Ronan en soledad, en una habitación oscura. Una presa inundó el corazón de su abuela hace ya tiempo. La silenció. Todos cayeron en una especie de hechizo: lo macabro se imponía. Accedemos a un Detroit crepuscular. Todo es infame. Matt Smith se erige como el icono del salvajismo. El terror de una barriada fantasmagórica. Un banco quiere arrancarle media vida a Christina Hendricks. Mientras tanto, ella lucha y se adentra en una casa de horror, gore y sexo sádico. La musa es Eva Mendes.  La crisis moral que impregna los fotogramas de este film es absoluta. El capitalismo más atroz, representado por un repugnante y trastornado prestamista, ha hecho que la sociedad se rompa a pedazos. Una bicicleta en llamas advierte a Bones (Iain de Caestecker) de los peligros que le rodean. Un mundo subacuático representa la salvación. Quiere cuidar de su hermano pequeño, de su madre, de su amiga Rat… pero no puede. Ryan Gosling se desata contra el sistema en su ópera prima describiendo el hiriente desarraigo que acompaña a la América profunda. Se refugia en la temperamental fotografía de Benoît Debie, en el universo sonoro de Johnny Jewel y en los versos visuales que, antes que él y con los mismos tintes angustiosos, filmaron directores como Nicolas Winding Refn (Only God forgives, 2013), Derek Cianfrance (The Place Beyond the Pines, 2012), Benh Zeitlin (Beasts of the Southern Wild, 2012) o David Lynch (Blue velvet, 1986). Si el cine es emoción, Lost river es buen cine. A mí me ha hecho sentir el desamparo que acompaña a los tristes protagonistas de este cuento de terror.    

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Ryan Gosling (2014) Lost river

Mississippi: en el calor de la noche

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En un pequeño pueblo de Mississippi, un hombre espera un tren. Es una noche calurosa. Un policía local, Warren Oates, realiza su ronda nocturna. Se toma su café, se entretiene observando los encantos de Quentin Dean y, de repente, en mitad de la calle, encuentra el cuerpo de un hombre muerto. Ha caído un idealista, uno de esos que combina el negocio con la defensa del oprimido. El oprimido en aquel tiempo y lugar no es otro que el negro. Y Virgil Tibbs, el hombre que espera un tren, lo es: Sidney Poitier es quien lo encarna. También es, vaya casualidad, inspector de policía en Philadelphia, especialista en… ¡homicidios! El guion de Stirling Silliphant alienta la sudorosa investigación. Los hooligans blancos no faltan. La ambientación sureña -repleta de violencia y persecución- acorrala al protagonista. Es Rod Steiger quien, con su heroico personaje, brilla especialmente en ella. Es la lección que imparte Norman Jewison. El sirope de las sonrisas finales puede empalagar. Perdonable, pues antes nos ha dejado una escena colosal: el bofetón a Endicott, empresario del algodón local y, seguro, condecorado miembro del Ku Klux Klan. Son los años sesenta en los Estados Unidos y los afroamericanos luchan por los derechos civiles. El cine no iba a ser una excepción. Justo el mismo año también estaba por allí Guess Who’s Coming to Dinner. A todo esto, hay un crimen por resolver. La Academia se acordó de ella y tuvo un gesto de cara a la galería: Oscar a la mejor película de 1967.

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Norman Jewison (1967) In the heat of the night