En la carretera

Soledad en la América profunda

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Sam Shepard coge el montante y se larga. No quiere saber nada del cine. Sus tiempos de gloria ya pasaron. Ahora es un crepuscular recuerdo de lo que un día fue. Está hastiado, vacío. Ha derrochado su vida entre alcohol, drogas y jovencitas. Pero su triste realidad exige un ajuste de cuentas. Por eso huye, cabizbajo. Quiere acurrucarse en Elko, su ciudad natal, en compañía de su anciana madre, una mujer a la que no ha visitado en treinta años. Y allí, esta le desvelará un secreto: tiene un hijo. El viaje sigue hacia adelante. Montana aparece como la metáfora de lo que fue y lo que pudo haber sido. También la triste sonrisa de una maravillosa Jessica Lange. El caminante hace camino. Cuenta sus días por derrotas mientras amontona desafecto como único equipaje. Ni familia ni amigos, tan solo la soledad y la sombra de un excelente (dardo envenenado a la industria) Tim Roth. Se vislumbra el recuerdo de Paris, Texas (1984) en los fotogramas. La poesía visual de Wim Wenders consigue deslumbrar, evocando a esa América profunda que bien podría pincelar el propio Edward Hopper. Sin embargo, le falta emoción y vida a esta narración. El choque entre los bastardos y su verdugo no termina de producirse. Y las lágrimas de Shepard no me llegan. Sarah Polley es quien, por momentos, llena este vacío.      

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Wim Wenders (2005) Don’t come knocking  

Camino hacia la desesperanza

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Doc McCoy cumple diez años de condena. No quiere ni pensar en ello. Está desesperado, frustrado. Necesita la condicional, salir. Enfrente suya está Jack Benyon. Él tiene la llave. Steve McQueen, por su parte, tiene su reputación, su nombre. Los mafiosos se lo rifan: con él, el golpe está asegurado. Ben Johnson lo sabe… y tiene un plan. El as en la manga es Ali MacGraw, sofocando, menuda contradicción, los incendios provocados por su marido. Estupenda historia de amor (imposible). Así es como se orquesta todo. Irrumpe uno de los peores villanos de la historia del cine, Al Lettieri (en su tiempo, Sollozzo El Turco), y su misógino romance con la explosiva Sally Struthers. Llega el golpe, el botín (500 mil dólares) y las verdades a medias. Carol McCoy nos cautiva revólver en mano: ha elegido a su chico. Y entonces llega la persecución… y la huida. El Paso aparece como el final del camino. La novela de Jim Thompson cae en manos de Walter Hill, maestro de la acción. Los últimos cuarenta minutos son terreno vedado: pertenecen a otro maestro, Sam Peckinpah. La cámara lenta se impone en las escenas de acción. Las persecuciones en coche se suceden. Y la mugre, lo cochambroso nos invade: impecable la escena del camión de la basura. El director camina hacia la desesperanza. Entregado a la violencia, a la vida en el alambre. Sufren sus personajes, sufre McQueen, sufre MacGraw. La Huida es tierna y violenta, enternecedora y sangrienta. No hay héroes en ella. Tampoco modelos a seguir. Mi película favorita de Peckinpah. Queda así un título memorable de los setenta. Y quedan veintidós años para que Tony Scott, Quentin Tarantino, Christian Slater y Patricia Arquette les rindan un fabuloso homenaje: True romance.  

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Sam Peckinpah (1972) The getaway         

Bizarra odisea existencial en el desierto de Australia: cómo hacer frente a tres pelotas de ping pong, dos cigarrillos y una cerveza

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Antes de que Guy Pearce ejerciera de buen chico en L.A. Confidential, había sido Fellicia. Antes de que Hugo Weaving se inmortalizara como el Agente Smith en Matrix, se había vestido de mujer para versionar estrambóticamente el I will survive de Gloria Gaynor. Y antes de que Patrick Swayze, Wesley Snipes y John Leguizamo imitaran lastimosamente las peripecias de este film, Terence Stamp había puesto el listón demasiado alto como para tratar de igualarlo. Juntos emprenden un viaje hacia Alice Springs, en el corazón de Australia. Parten desde Sidney, ciudad vanguardista y de mentalidad relativamente más abierta que cualquiera de los otros pueblos a los que vayan a parar. Se la juega Stephen Elliott con dos travestis y un transexual. Le toma el testigo a George Miller y su Mad Max en cuanto a los desafíos del desierto australiano; a Ridley Scott y su Thelma & Louise en cuanto al espíritu reivindicativo. Comparte con ellas la aridez, el viaje, la combustión… y ahí terminan los paralelismos. Añade la novedad de las plumas y el colorido a más no poder. Son príncipes, o princesas, en su reino: Priscilla, un destartalado autobús cargado de aventura y liberación. El numerito final es lo de menos. Lo de más es el escupitajo peor tirado de la historia, mérito de Weaving. También te ríes con la escena de la filipina, con las descaradas actuaciones y con el frasco de ABBA. En todas ellas brilla el mejor personaje de todos: Bernardette. La principal lección -moraleja del film- corre a cargo del chiquillo. Y el tesoro escondido no es otro que la fotografía de Brian J. Breheny.  

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Stephen Elliott (1993) The Adventures of Priscilla, Queen of the Desert

El desencanto de una generación

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En algún lugar de California se deja llevar Jack Nicholson. Uno de los grandes actores de siempre debuta como protagonista en Hollywood. En su casa, una foto de Kennedy adorna el salón. La nostalgia de Bob Rafelson, quizás. La estampa del protagonista desprende vacío, desolación. Por eso baila en mitad de un atasco. Por eso toca el piano a lomos de un viejo camión. Fue un niño prodigio, sin embargo, su presente está como operario en la refinería. ¿Por qué? Karen Black llora. Brutal personaje. Es la novia camarera: ilusa, despreocupada e inocente. La juventud se despide de ella. Y la ha desperdiciado con un payaso. Él no la quiere, huye de sus caricias. Por eso se entretiene con la primera fulana que se le cruza. La anarquía y la lucidez lo marchitan, mientras la insatisfacción reina en el ambiente: así lo capta la fotografía de Laszlo Kovacs. El espíritu del ’68 martillea a la sociedad estadounidense. No se encuentra cómodo en ningún lugar. Ni siquiera con su familia. Se ha enredado con la minifalda de su cuñada, la arpía de Susan Anspach. Puede que sea su escapatoria, su brújula… no, no va a suceder. Ella tiene un esquema ordenado sobre la felicidad, y piensa seguirlo al pie de la letra. Llora ante su padre. Llora de frustración, de rabia, de impotencia. Se mira al espejo y no se reconoce. Quiere desayunar tostadas, pero ni eso le conceden. Grita y se enfurece: es la mejor escena del film. El american dream se lleva un bofetón en toda regla. 

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Bob Rafelson (1970) Five easy pieces

La épica del desarraigo

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Una niña le dice adiós a su madre. No llora, aunque está triste. Es la expresión que siempre le ha acompañado. No es fácil crecer en los años treinta si vives en Kansas, corazón de los Estados Unidos. Por allí aparece un atractivo joven. Ella lo sabe… es su padre: ¡tienen la misma mandíbula! También lo son en la vida real… RyanTatum O’Neal. Viajan por las carreteras que ofrece la geografía. Melancólica, a este respecto, la fotografía de Laszlo Kovacs. Y sobreviven, salen del paso. El timo se convierte en su forma de vida, qué remedio. Una biblia dedicada, un billete firmado de veinte dólares o unas cuantas botellas de alcohol robadas. Tanto da. Acumulan su pequeña porción de riqueza, mientras granjeros famélicos se cruzan con ellos. Entretanto, oportunas casualidades, las granjas industriales comienzan a levantar su imperio. Démosle dinero, dice la niña. ¿Ayudar al prójimo? Quizás cuando aparezca la buscona de Madeline Kahn. Le pone furiosa. No la traga. Menos mal que habla Roosevelt por la radio. Promete futuro, vende ilusión. Le dibuja una sonrisa a la pobre niña. Ella se fuma un cigarrillo, fantasea con ser mayor. Le hace compañía al desgraciado hombre con el que comparte camino. Se han cogido cariño. Al menos, se tienen el uno al otro. Peter Bogdanovich escribe un capítulo de historia. Y lo hace entre puñetazos, aunque guardando siempre una sonrisa para el final: You still owe me two hundred dollars.

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Peter Bogdanovich (1973) Paper moon 

La crisis del marxismo

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Dos hombres hacen camino, aunque el viaje ya ha terminado. Ninetto Davoli se entretiene vacilando a las chicas que pueblan las calles de le borgate romaneDice Totò, mientras, que un rico cuando muere, paga la cuenta de su vida. Una vida que, para qué engañarnos, alguna que otra cosa (vicios no faltan) le ha dado. El pobre también paga, claro. Lo que haya recibido en su vida… esa ya es otra historia. Un cuervo los asalta a medio camino. Dice venir de un país que se llama Ideología, de la capital de este, de la ciudad del futuro. Habita en la calle Karl Marx. Ilusiones románticas, pues, de Pier Paolo Pasolini. Una parábola, la del osado halcón destripando al humilde gorrión, ejemplifica la lucha de clases. Ahora, en cambio, está más difusa: el pobre echa de casa al pobre. Y el rico, como buen hombre de negocios, le suelta los perros al primer pobre, aquel con ínfulas burguesas. La sociedad comienza a pervertirse. O, matiz, el proletario comienza a renunciar a su propia condición. Una prostituta, eso sí, ameniza el camino. Pero qué camino. El cuervo, un loco que no cree en la propiedad privada, termina devorado hasta los huesos. Ellos, siguen a lo suyo. 

dove va l'umanità

Pier Paolo Pasolini (1966) Uccellacci e uccelini