Gran Depresión

En la colina de la pobreza

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Missouri. Los años de la Gran Depresión. La sociedad se parte a trozos desiguales en los Estados Unidos. Mientras eso sucede, un niño crece a la fuerza. Tiene una inventiva esplendorosa en sus narraciones. Cautiva a su profesora. Tiene un don: es avispado, perspicaz e inteligente. Algún día será un gran escritor conocido como A.E. Hotchner. Ahora, en cambio, soporta la triste realidad que le acompaña: es pobre. Genial Steven Soderbergh en la escena en la que el muchacho huye por la ventana en mitad de una acomodada fiesta de graduación. Se siente señalado, culpable… ¿culpable de qué? Su madre está enferma, le alejaron de su hermano y su padre no hace otra cosa que acumular tortazos. Está solo, rodeado de náufragos como él que malviven en la tercera planta de un fatigoso hotel. La narración avanza ligera a pesar de la sudorosa fotografía que le acompaña. Es una película que ves con gusto. Sorprende el protagonista, Jesse Bradford: colosal en su odisea. Y me gusta la complicidad que mantiene con Adrien Brody, otro que está de sobresaliente. Tiene, sin embargo, un final acaramelado que destroza, por tramposo y manipulador, la notable línea que hasta los cinco minutos finales había proyectado el film.  

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Steven Sorderbergh (1993) King of the hill    

La épica del desarraigo

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Una niña le dice adiós a su madre. No llora, aunque está triste. Es la expresión que siempre le ha acompañado. No es fácil crecer en los años treinta si vives en Kansas, corazón de los Estados Unidos. Por allí aparece un atractivo joven. Ella lo sabe… es su padre: ¡tienen la misma mandíbula! También lo son en la vida real… RyanTatum O’Neal. Viajan por las carreteras que ofrece la geografía. Melancólica, a este respecto, la fotografía de Laszlo Kovacs. Y sobreviven, salen del paso. El timo se convierte en su forma de vida, qué remedio. Una biblia dedicada, un billete firmado de veinte dólares o unas cuantas botellas de alcohol robadas. Tanto da. Acumulan su pequeña porción de riqueza, mientras granjeros famélicos se cruzan con ellos. Entretanto, oportunas casualidades, las granjas industriales comienzan a levantar su imperio. Démosle dinero, dice la niña. ¿Ayudar al prójimo? Quizás cuando aparezca la buscona de Madeline Kahn. Le pone furiosa. No la traga. Menos mal que habla Roosevelt por la radio. Promete futuro, vende ilusión. Le dibuja una sonrisa a la pobre niña. Ella se fuma un cigarrillo, fantasea con ser mayor. Le hace compañía al desgraciado hombre con el que comparte camino. Se han cogido cariño. Al menos, se tienen el uno al otro. Peter Bogdanovich escribe un capítulo de historia. Y lo hace entre puñetazos, aunque guardando siempre una sonrisa para el final: You still owe me two hundred dollars.

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Peter Bogdanovich (1973) Paper moon