Incomunicabilità e sentimenti

Carta de Giovanni Pontano a Lidia

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Antes de despedirse, Antonioni sienta a sus protagonistas en el jardín. Están tristes. De pronto, ella comienza a leer una carta. Sentimiento. Lidia habla en voz alta. Pontano escucha las palabras: 

“Stamane tu dormivi ancora quando mi sono svegliato. A poco a poco uscendo dal sonno, ho sentito il tuo respiro leggero e attraverso i capelli che ti nascondevano il viso ho visto i tuoi occhi chiusi e ho sentito la commozione che mi saliva dalla gola e avevo voglia di gridare e svegliarti perché la tua stanchezza era troppo profonda e mortale. Nella penombra la pelle della tue braccia e della tua gola era viva e io la sentivo tiepida e asciutta: volevo passarvi sopra le labbra ma il pensiero di poter turbare il tuo sonno e di averti ancora sveglia fra le mia braccia mi tratteneva. Preferivo averti così come una cosa che nessuno poteva togliermi perché ero il solo a possederla, una tua immagine per sempre. Oltre il tuo volto vedevo qualcosa di più puro e di più profondo in cui mi specchiavo: vedevo te, in una dimensione che comprendeva tutto il mio tempo da vivere, tutti gli anni futuri e anche quelli che ho vissuto prima di conoscerti, ma già preparato a incontrarti. Questo era il piccolo miracolo di un risveglio: sentire per la prima volta che mi appartenevi non solo in quel momento e che la notte si prolungava per sempre, accanto a te, nel caldo del tuo sangue, dei tuoi pensieri, della tua volontà che si confondeva con la mai. Per un attimo ho capito quanto ti amavo, Lidia; ed è stata una sensazione così intensa che ne ho avuto gli occhi pieni di lacrime: era perché pensavo che questo non dovrebbe mai finire, che tutta la nostra vita dovrebbe essere come il risveglio di stamane. Sentirti non mia, ma addirittura una parte di me, una cosa che respira e che niente potrà distruggere se non la torbida indifferenza di un’abitudine, che vedo come l’unica minaccia. E poi ti sei svegliata e sorridendo ancora nel sonno mi hai baciato e ho sentito che non dovevo temere niente, che noi saremo sempre come in quel momento: uniti da qualcosa che è più forte del tempo e dell’abitudine.”

Michelangelo Antonioni, Ennio Flaiano y Tonino Guerra (1961) La notte 

Poesía del vacío

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Un minuto de silencio en la bolsa de Roma… ¡qué locura es esta! piensa Alain Delon. La broma cuesta varios millones de liras. Cacarean, sudan y se empujan entre ellos. Es el gallinero de las finanzas. De allí sale un tipo que ha perdido cincuenta millones. Un mal día que arregla dibujando flores en una servilleta. Lo observa Monica Vitti, quien pasea por la ciudad tratando de encontrarse. Visita a su madre, a su amiga. Mientras tanto, olvida a Francisco Rabal, su último amor. Un libro, una catedral o un hombre, todo le parece lo mismo. ¿Conocerá algún día al chico de su vida? Todos parecen igual de perdidos que ella. Michelangelo Antonioni realiza una puesta en escena espléndida. Si uno pierde… ¿quién gana? Le pregunta ella al arrogante francés. No entiende nada. Tampoco lo entiende a él. La artificialidad vence. Se abrazarán, aunque sus miradas no se conecten. Quedarán a la misma hora y en el mismo lugar, pero ya nadie aparecerá. La fotografía de Gianni di Venanzo recoge ese vacío. El paisaje burgués, la geografía urbana y el silencio hablarán, una vez más, sobre la soledad.

  Alain Delon e Monica Vitti      

Michelangelo Antonioni (1962) L’eclisse

La soledad de la compañía

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Milán. La ciudad despierta mientras un moribundo se apaga en la cama de un hospital. Marcello Mastroianni lo visita en compañía de su esposa, Jeanne Moreau. Ella se marcha primero, aturdida. Él sale después. Una joven se le abalanza. Tiene una mirada de obsesión y desquicio. Repele y atrae a la vez. Su esposa, mientras, camina sin un destino concreto. Ve cómo se golpean dos chavales en una pelea. Oye el estruendo de los cohetes con los que se entretiene la juventud. Parece un barrio humilde. Un barrio que ni ella -hija de una familia bien- ni él -escritor e intelectual- conocen de cerca. Se mueven en otros círculos. Parecen cansados. Deciden salir a cenar: casi no hablan, no se miran, no se atienden. ¿Realmente se quieren? Acuden a una fiesta de un industrial milanés. Ambiente farandulero y vomitivo, pero cargado de atractivas mujeres. Él tontea con una rubia, admiradora de su obra. Ella observa con indiferencia la estampa mientras huye, bajo la lluvia, en el coche de otro hombre. Ha visto a su marido acariciar y besar a la guapísima Monica Vitti. Y no siente nada. Quiere morirse. Morir por piedad. Tuvieron días felices. Ahora, en cambio, él no recuerda ni sus propias palabras. La noche ya no les pertenece.

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Michelangelo Antonioni (1961) La notte

En la soledad de la ciudad

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La noche cae y un grupo de personas se despide. El alma de Dostoievski pulula en el ambiente. Cada uno va por su cuenta. Uno de ellos vaga por las calles de Livorno. Es Marcello Mastrioanni, más solo que nunca. ¿Acaso fue feliz algún día? Está harto de no hablar con nadie, de no sentir nada. Un nómada sin raíces que escucha, de pronto, un llanto. Es la hermosa Maria Schell abrazada a un melancólico puente, esperando, entre la decepción y la tristeza, la vuelta de su amado. Él le habla tímidamente mientras se ofrece para acompañarla a casa. Ella acepta a regañadientes. ¿Comienza así una nueva historia de amor? Eso le gustaría a él, quizás el chico más apuesto del lugar. Una íntima batalla escenificada con sentimiento y emoción -que no sensiblería- por Luchino Visconti. La fotografía de Giuseppe Rotunno es preciosa. Él la quiere, aunque ella no lo quiere a él. Él le dice que la esperará, mientras ella dice que quizás. Él se resigna, pues el corazón de ella está ocupado en otro sitio. El pobre infeliz no ha conseguido escapar de la soledad de la ciudad. La historia acaba igual que comienza: Nino Rota lo expresa maravillosamente. Al menos han bailado, han reído y han paseado felices.

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Luchino Visconti (1957) Le notti bianche

El imperio de la negación

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¿Dónde está Lea Massari? Las olas, el mar, el viento y las rocas escarpadas. La metáfora de la soledad de la isla. El paisaje, fotografiado por Aldo Scavarda, comparte protagonismo con Gabriele Ferzetti y Monica Vitti. ¿Cómo pueden enamorarse dos personas, el novio y la amiga de la desaparecida, cuando precisamente tratan de averiguar el paradero de esta? A Michelangelo Antonioni le importa poco dónde está Anna. Busca desentrañar el porqué de esa torpeza, de ese sinsentido. Claudia, temerosa en Lisca Bianca ante la ausencia de su amiga, teme ahora, rodeada entre el precioso barroco siciliano de Noto, el retorno de la misma. ¿Es posible el amor sin herida? La psicología de los personajes fluye a través de la desaprensión. Cuesta mucho decir un simple “te quiero”. Es el imperio de la negación. La errante búsqueda de cariño y amor que frustra la aventura sentimental. Contradicción sobre las relaciones humanas: la utopía de no hacer daño a quien amas. 

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Michelangelo Antonioni (1960) L’avventura