Mafia

Better Call Saul

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Sorprendió la idea de este spin-off. Tiene un riesgo elevado para Vince Gilligan, considerando la cantidad de seguidores que consiguió arrastrar Breaking Bad (2008). El personaje elegido, eso sí, era un caramelo: Saul Goodman. Vuelve, pues, la destartalada sonrisa de Bob Odenkrik. Y sus casposas chapuzas. La balanza de la justicia se convierte en un chiste. Humor negro y mucho cinismo entre los fotogramas de la serie. Avanza, en cualquier caso, sin emocionar. Se nota que el autor conoce la partitura de memoria, y la música suena con soltura. Ya no está el ingenio de antaño. Vive también del carisma que acompaña a Jonathan Banks, quien, en cualquier caso, no me parece que brille en demasía. La cosa es que esto no ha hecho más que empezar. Estamos en el origen de todo: cuando la bondad queda a un lado. Vuelve Slippin’ Jimmy. Que comience el espectáculo.   

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Una vida contra la Mafia

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Ma tu sei mia madre e il tuo amore è la mia schiavitù.

La Mafia es una fuente de arte. Ha sido retratada tantas veces y tan bien que suele generarme -extraña contradicción- una especie de fascinación. Te atrae la figura del gánster, aun cargando con sus miserias morales a hombros. Coppola o Scorsese han dado más de un ejemplo sobre ello. Sin embargo, la realidad es la que es: Io voglio scrivere che la mafia è una montagna di merda! Noi ci dobbiamo ribellare. Prima che sia troppo tardi! Prima di abituarci alle loro facce! Prima di non accorgerci più di niente! gritaba Peppino Impastato en la mejor escena del film. No hace mucho también gritó Roberto Saviano, pero la figura a quien encarna Luigi Lo Cascio contiene un llanto añadido, pues este no se esconde, no huye, no se protege. Reclama, reivindica y se rebela en Cinisi, su pueblo. Lo hace contra sus vecinos, contra su propio padre. Le dice a Angelo Badalamenti, bajo su ventana, que no le gusta, que le repugna. El precio a pagar es altísimo. No tanto por él, que también, sino por sus allegados, por aquellos que están a su alrededor. En especial por la figura de Lucia Sardo, su penitente madre, quien evoca a la angustia ilimitada. Corre a comprar todos los periódicos en un intento baldío por silenciar -o mejor dicho, proteger- a su hijo. Él, en la escena más emotiva de la película, le hace leer a Pasolini: ma tu sei mia madre e il tuo amore è la mia schiavitù. Se ahoga en la pena más honda. Aun así, no claudica frente al miedo ni es cómplice del silencio. Una vida contra la Mafia. Marco Tullio Giordana da voz a una historia que la merecía.      

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Marco Tullio Giordana (2000) I cento passi

La vida como espectáculo mortal

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Cuando dos personas conocen un secreto, este deja de serlo. Quizás por ello, Toni Servillo, afincado en Lugano, en la melancolía y en el insomnio, sea una persona arisca y hermética. El mayor divertimento de su vida consiste en fumar. No espera nada ni a nadie. Cuenta que, en esos momentos de soledad e introversión, el mayor horror de todos es perder la imaginación. La vida se convierte entonces en un spettacolo mortale. No le falta razón. Le han quitado la vida, susurra al final lleno de frustración. La heroína, inyectada metódicamente, le distrae: alivia el camino. Pero necesita algo más. Salir de ese letargo, espantar el aburrimiento. Por eso se arriesga. Se acerca a la belleza de Olivia Magnani. Pequeña revolución romántica y utópica contra su miserable existencia. Paolo Sorrentino saca el pincel. Apoyado en su peculiar estética -no falta la excelente fotografía de Luca Bigazzi– realza las sombras del árbol: seguro que aquel tipo, en sus ratos de nostalgia, todavía piensa en aquella amistad de la infancia. Un pequeño oasis para difuminar la amargura que se apodera de él. Aparte de esquiar, ¿cuál es el deporte nacional de Suiza? Al menos dirá adiós de una manera rocambolesca. Morir en Campania, en una hormigonera. Otra vida más.  

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Paolo Sorrentino (2004) Le conseguenze dell’amore