Neorrealismo

Elegía al campesino

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lo lavorerò giorno e notte piuttosto, ma i miei fratelli li teniamo qui in casa con noi.

Comienza el siglo XX en la Bérgamo rural. Una hilera de árboles predice la entrada a una finca campesina. ¿Quién vive allí? Son los recuerdos de infancia del autor Ermanno Olmi. Tres horas de sencilla grabación. Pura poesía. Situada en la hacienda del patrón burgués, la vida campesina se abre ante nosotros. Trabajan sus tierras y cuidan de sus animales. Suena de fondo Bach al tiempo que la religión infunde esperanza en la vida de estas personas. No tienen más que sus propias manos. Estas son su sustento. Así, el tiempo corre y las estaciones avanzan. Cuatro humildes familias que sobreviven. Llegan los cuentos en las largas noches de invierno. Preciosa cada una de las escenas en las que el abuelo alecciona a sus nietos. La figura del amo parece lejana, por eso, rodeado de ternura, un padre protege a escondidas los pies de su hijo con los zuecos de un árbol. No muy lejos de ellos, un hombre se ha enamorado de una joven. Asistimos a su tradicional noviazgo mientras observamos la entrañable mirada de un hijo que prefiere no dormir antes que ver partir a sus hermanos lejos de casa. Es una historia entrañable que recuerda -cambiando la ideología comunista por la demócrata cristiana- al Novecento (1976) de Bernardo Bertolucci. Percibimos la lucha de clases en unos fotogramas que recuerdan al mejor neorrealismo italiano. Rodeado de tranquilidad y afecto, el cineasta escribe una elegía a la humildad del campesino.  

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Ermanno Olmi (1978) L’albero degli zoccoli

Elegía a un pobre anciano

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Hasta los ancianos protestan en Roma. Días en los que a uno de ellos no le queda otra que contar las liras para poder pagar el alquiler. Un reloj, unos libros… qué más puede vender. Ya le queda poco. Es el ocaso de Carlo Battisti. Sus ojos le delatan. Tantos años trabajando para aguantar ahora a la estúpida, muy bien interpretada por Lina Gennari, de su casera. Se refugia momentáneamente en la picardía que brinda un rosario. Busca auxilio en viejas amistades. Pero la sociedad mira para otro lado: el egoísmo de siempre. ¿Mendicidad? ¿En eso ha terminado? Maria Pia Casilio y su sonrisa son un oasis en el desierto. Pobre muchacha piensa él para sí. Y se lo dice, certe cose avvengono perché non si sa la grammatica: tutti ne approfittano degli ignoranti. Ya no le quedan fuerzas. Vittorio De Sica, en cambio, se preocupa de la última humillación: el perro. La tristeza ha ganado la última mano.  

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Vittorio De Sica (1952) Umberto D.

Elegía a un padre de familia

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En la Roma de la posguerra malvive Lamberto Maggiorani. Una bicicleta le basta para escapar del hambre, para dibujar una sonrisa en la faccia de su mujer, la estupenda Lianella Carell. No son actores profesionales, ni falta que les hace. Es simple humanidad lo que exponen. ¿Quién es el ladrón en esta historia? Tantas cosas se han robado… la dignidad de él, la felicidad de ella y, quizás, el mañana de Enzo Staiola, hijo de ambos. La desigualdad interclasista se palpa a cada rato: preciosa la escena en la taberna. A tutto si rimedia, meno che alla morte dice aquel. Mientras tanto, justo a su lado, la burguesía disfruta de la buena vida. La fotografía de Carlo Montuori capta la melancolía de esa hermosa y a la vez pobre ciudad, desde la Piazza Vittorio a la Porta Portese. Refugiado en la emotividad y en la sencillez, Vittorio De Sica escupe esta mísera odisea proletaria, despidiéndose desde la vergüenza y la humillación. 

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Vittorio De Sica (1948) Ladri di biciclette