Pobreza

La épica del desarraigo

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Una niña le dice adiós a su madre. No llora, aunque está triste. Es la expresión que siempre le ha acompañado. No es fácil crecer en los años treinta si vives en Kansas, corazón de los Estados Unidos. Por allí aparece un atractivo joven. Ella lo sabe… es su padre: ¡tienen la misma mandíbula! También lo son en la vida real… RyanTatum O’Neal. Viajan por las carreteras que ofrece la geografía. Melancólica, a este respecto, la fotografía de Laszlo Kovacs. Y sobreviven, salen del paso. El timo se convierte en su forma de vida, qué remedio. Una biblia dedicada, un billete firmado de veinte dólares o unas cuantas botellas de alcohol robadas. Tanto da. Acumulan su pequeña porción de riqueza, mientras granjeros famélicos se cruzan con ellos. Entretanto, oportunas casualidades, las granjas industriales comienzan a levantar su imperio. Démosle dinero, dice la niña. ¿Ayudar al prójimo? Quizás cuando aparezca la buscona de Madeline Kahn. Le pone furiosa. No la traga. Menos mal que habla Roosevelt por la radio. Promete futuro, vende ilusión. Le dibuja una sonrisa a la pobre niña. Ella se fuma un cigarrillo, fantasea con ser mayor. Le hace compañía al desgraciado hombre con el que comparte camino. Se han cogido cariño. Al menos, se tienen el uno al otro. Peter Bogdanovich escribe un capítulo de historia. Y lo hace entre puñetazos, aunque guardando siempre una sonrisa para el final: You still owe me two hundred dollars.

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Peter Bogdanovich (1973) Paper moon 

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I like New York in June…

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Jeff Bridges se creía invencible. En estos días, sin embargo, su tristeza solo encuentra refugio en la botella, y en las curvas de la explosiva Mercedes Ruehl. Así, en un suicida rodeo nocturno por una de los mejores Nueva York que nos ha brindado el cine, esa que camina entre el wild side de Lou Reed y el like a rolling stone de Dylan, tropezará con dos imbéciles del tipo universal, de esos que apalean, entre la diversión y el dogma, al outsider. Pero irrumpirá Robin Williams, antaño profesor de Historia medieval, ahora guardián de la noche neoyorquina, para rescatarlo. Y locos perdidos, buscarán el Santo Grial. Buscarán, de esta forma, darle un sentido a sus vidas, ahora que parecen sedientos, como aquel rey pescador. Y con esas, despierta Amanda Plummer con su soledad, con sus casposas novelas románticas, con su torpeza para degustar la comida asiática. ¿Cómo siente la vida un vagabundo? Como cualquier otra persona, a ojos de Terry Gilliam. Faltaría más. Ellos lloran frente al dolor. Y también echan de menos a los que no están. Pero todavía tienen la capacidad de amar, de enamorarse otra vez, de volver a sonreír. Se desnudan para observar las estrellas en Central Park. Se visten con sus mejores vestimentas (¡viva lo hortera!) para cortejar a sus chicas. Vuelven a sentirse vivos, a ser felices, mientras canturrean a Sinatra por los pasillos de un manicomio… how about you?

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Terry Gilliam (1991) The fisher king