Thriller

The Killing

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Comenzó siendo aquel policíaco tenebroso, evocador de la mítica The Silence of the Lambs (1991), que tan buenas sensaciones dejó en sus dos primeras temporadas. La gracia, además de las sesudas investigaciones, recaía en la química que existía en la pareja protagonista: Holder y Linden. Eran dos desvalidos que, de pronto, se tenían el uno al otro. Luchaban contra fantasmas, contra monstruos, contra recuerdos tortuosos. Parecían invencibles, aunque no lo fuesen. 

Terminadas las dos primeras temporadas, la serie comenzó a desorientarse. Nombres como Jonathan Demme y Elias Koteas buscaban otorgar un punto de glamour a una obra que no lo necesitaba. El salvajismo más primigenio era su gasolina. El ambiente era hostil, claustrofóbico. Y si escapaba de él, erraba. Así, al defecto de origen -ser un remake de la serie danesa Forbrydelsen (2007)- se le unía en el debe una irregular tercera temporada. La cosa comenzaba a decaer. Y la cuarta temporada, una acelerada despedida, tampoco ha despertado pasiones. El final se encuentra, como digo, en las antípodas de su esencia: la turbiedad. Con todo, una obra notable.    

Érase una vez en un despacho policial

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Un barco salta por los aires en San Pedro, California. Apenas hay dos supervivientes: un húngaro que ardió vivo y un estafador lisiado. ¿Qué pasó allí? Chazz Palminteri se frota las manos. Piensa que tiene la oportunidad de cazar a Gabriel Byrne, criminal con pasado policial. El retrasado de Kevin Spacey es su baza. Tiene un trato: inmunidad por información. Cuéntame, qué sucedió. Ahí comienza todo, seis semanas atrás, en Nueva York. Alguien acaba de dar un golpe de poca monta. ¿Quién habrá sido? Den un paso al frente y digan: Hand me the keys, you fucking cocksucker. Es una rueda de reconocimiento y allí están los de siempre, los sospechosos habituales: Kevin Pollak, Stephen Baldwin, Benicio del Toro y dos más, el antiguo policía y el lisiado, que enseguida hacen migas. No los tienen. No es tan fácil cogerlos. Además, han juntado a la flor y nata del crimen neoyorquino. Los golpes se suceden: un taxi policial, un narcotráficante y, ahora, un barco; el barco. Entre tanto, el húngaro del hospital comienza a cantar. Y sale un nombre, otro más: Keyser Soze. ¿De dónde ha salido este tipo? Palminteri se desespera, igual que yo. Byrne se la ha vuelto a jugar: lo ha enredado en un despacho abarrotado de trastos y papeles con el capullo de Spacey. Menuda pérdida de tiempo. Falta una taza de café estrellándose contra el suelo, un tranquilo paseo por las aceras angelinas y tú, mientras, con la boca abierta. Es 1995 y se suceden las obras maestras en el cine norteamericano. Christopher McQuarrie tiene veintisiete años; Bryan Singer, treinta. Uno escribe y el otro dirige. No han vuelto a hacer nada igual.

Stephen Baldwin And Gabriel Byrne In 'The Usual Suspects'

Bryan Singer (1995) The usual suspects