War on drugs

Drugstore Cowboy: Dilaudid como forma de vida

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El nombre de Gus Van Sant ya sonaba por los circuitos indies a mediados de los años ochenta. No fue, sin embargo, hasta el estreno de esta obra, Drugstore Cowboy, cuando este cineasta emergía a nivel internacional. Escribía y dirigía una película cruel. El despliegue narrativo cubría las peripecias de cuatro jóvenes drogadictos durante el año de 1971. Es pues la época en que el consumismo comienza a estallar. La televisión, de pronto, lo esencializa todo. Y el colocón hippie del ’68 comienza a derivar en adicción descarriada. Es el contexto que envuelve a ese Portland grisáceo que se dibuja en este film. Por sus calles, varados entre moteles baratos y pisos deprimentes, caminan estos chicos, siempre huyendo de la policía, poniendo su vida al servicio de su adicción. Se dedican a atracar farmacias y hospitales. Buscan escapar de todo aquello que les atormenta. Y lo hacen con exactitud: es la magia de la química. 

La apología anfetamínica se percibe en la atractiva estética con la que el cineasta viste a sus miserables protagonistas. El cineasta le da un aire chic a todo ello. Así, destacan Matt Dillon y Kelly Lynch, junto con James LeGros y una jovencísima Heather Graham, en la representación de esta tragedia. Estos antihéroes son la punta de lanza con la que el cineasta busca pinchar al espectador. Son jóvenes criados en la desafección del american dream. Juguetes rotos. El sistema no los ha absorbido en su ola de bienestar y ellos han encontrado otro camino paralelo. Las menudeces y los trapicheos acompañan su quehacer diario. Saben, en el fondo, que la puritana sociedad se apiada de ellos entre desagradables miradas. Puede que, incluso, les tienda la mano para ayudarlos. Tanto les da, pues la realidad es la que es: ¿qué tipo de “reinserción” les espera? 

Esto no va sobre los gramos de más que mantienen despiertos a los guardianes de los mercados financieros. Tampoco trata sobre las fortunas y redes de influencia que se logran amasar con este desvergonzado negocio. Para ello podemos acudir a Traffic (2000), The Wire (2002) o The Wolf of Wall Street (2013). A Van Sant esta dimensión le importa poco. No mira hacia arriba, sino que lo hace hacia abajo. Su principal intención es retratar la periferia. Anticipa el “Choose life. Choose a job. Choose a career. Choose a family. Choose a fucking big television…” que tan bien supo vender Danny Boyle en Trainspotting y se come a esa payasada de Requiem for a dream que tanto gusta a los modernos. No es un paisaje aséptico el que aquí pincela. Centra su atención sobre el outsider. Y abre interrogantes. La vida del marginal se contrapone frente a la vida estable y decente -siempre dibujada con tintes depresivos por Van Sant- del ciudadano de a pie. Escapan de la miseria (material y moral) como pueden. Una sonrisa suicida -estupenda Kelly Lynch- se burla de todo, especialmente de un Matt Dillon reconvertido a hombre de bien. 

El submundo urbano que Van Sant vislumbra se mueve entre falaces contraposiciones, pues frente a la tristona pobreza, frente a la autómata existencia, tan solo parece existir la alternativa que brinda el libertinaje más radical. La superficie, en cambio, tan solo se intuye en palabras de William S. Burroughs. La farmacología -legal o ilegal- no debiera ser la panacea de nuestros males. Y, sin embargo, es la solución que se impone de forma sistemática. En el camino, arrasa con todo. No tiene sentimiento. Y cuando más bajo es el estrato social, más estragos hace. Así, muchos pierden mientras unos pocos ganan. Lo de (casi) siempre. Por la vía legal, a las farmacéuticas les va muy bien. Los gobiernos también tienen pretexto para construir/fortalecer el Estado (de terror) policial. Y por la ilegal, tantos otros obtienen también su trozo de pastel con esa cosa llamada narcotráfico internacional: qué pregunten en Suiza a ver. La sociedad, mientras tanto, se convierte en víctima y verdugo a la vez. La línea que separa a estos dos es muy difusa. Es el universo que ha retratado Van Sant en esta odisea urbana. 

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Gus Van Sant (1989) Drugstore Cowboy

Las sombras de la batalla

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El trabajo de Richard Zanuck como productor de cine no es cualquier cosa. Él descubrió a Steven Spielberg (Jaws, 1975), financió a Tim Burton entre 2001 y 2012 (Big fish incluida) y secundó a Sam Mendes en la espléndida Road to Perdition (2002). Junto a su esposa había conseguido el Oscar por la acaramelada Driving Miss Daisy (1989), además de producir uno de los títulos emblema de los años ochenta: Cocoon (1985). Un poco a mitad de todo ello se enclava esta película sobre dos policías infiltrados en la mayor red de droga en la Texas de los años setenta. El guion de Pete Dexter no es para tirar cohetes: peca de previsible. Tampoco la puesta en escena de Lili Fini Zanuck -productora que aquí, a su vez, juega a ser directora- brilla especialmente. Aun así, nos dejan cosas. El descenso a los infiernos de Jason Patric, dentro de las limitaciones de este actor, está logrado. Curioso, también, que el malo malísimo sea Gregg Allman, cantante de blues. El final, por su parte, se ve venir a la legua, pero igualmente me gusta. Y, por último, los dos grandes activos del film. Uno, la banda sonora de Eric Clapton, incluyendo la aparición por primera vez de su emotivo Tears in heaven. El otro, una de mis actrices favoritas de los noventa: Jennifer Jason Leigh. Entre todos dan forma a un título casi olvidado que se ve con gusto y que guarda más de un logro a considerar entre las sombras de esta batalla.

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Lili Fini Zanuck (1991) Rush        

El Berlín de los drogadictos

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Christiane siente el desafecto de la ciudad. Camina, vacía, por ella. Todo le parece una mierda. ¿Cómo es posible esto en una quinceañera? Es el puñetazo que Uli Edel le suelta al mundo occidental, a esa Alemania capitalista, secularizada y vanguardista. Su padre no está. Su hermana huye. Y su madre se entretiene con un nuevo amante. Es la clase media alemana, con sus dolores de cabeza, socializando a la muchacha. Los vinilos de Bowie entretienen sus tardes. Pero quiere más. Oxigenarse, respirar. Descubrir algo nuevo. La noche reclama a Natja Brunckhorst. Y en ella conoce a Detlev, a Thomas Haustein. Juntos, se sienten mejor. Coquetean, sin embargo, con las drogas. ¿Por qué? Ella se convierte en una prostituta adolescente heroinómana. Brutal la escena del vómito y el desespero con la abstinencia. Él es un quinceañero chapero. Tienen que pagar sus vicios, su enfermedad. El Bahnhof Zoo, paraíso de putas y yonquis, se convierte en su segunda casa. Es el Berlín de los años 70. Aquella ciudad angosta y maldita a la que le cantó Lou Reed en 1973. Caroline, Christiane y tantas otras. Es el Berlín de los drogadictos.

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Uli Edel (1981) Christiane F – Wir kinder vom Bahnhof Zoo

Diario de un naufragio

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Noches sin huella. Los errores del pasado vuelven sin piedad. Willem Dafoe dejó atrás la compañía de la droga. Plenamente cabal, observa las miserias de su realidad: está solo y abandonado. Todos saltan del barco ahora que se hunde. Susan Sarandon se marcha. Y a él todo ello le hace pensar mientras ajusta la cantidad a distribuir. Son diecinueve gramos, no veinte. Trapicheos y menudeces, en eso ha terminado su vida. Nueva York está hambrienta, pecados de la gran ciudad. Luce sucia y desangelada. John LeTour recuerda al Travis Bickle de Paul Schrader, si bien estarían en diferentes trincheras: este último no hubiese dudado en borrar del mapa a un despojo como aquel. Sentimental, le gustaría abrazar a alguien. Pero no puede, ya no. ¿Cabe la redención? Dana Delany tiene la hiriente respuesta. Traficante de qué. De ilusión y deseos, pese a todo. Aún le queda eso cuando estrecha la mano de su compañera.

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Paul Schrader (1992) Light sleeper