Buñuel y la burguesía: la pérdida de la inocencia de Catherine Deneuve

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En su obsesión por destrozar los cimientos burgueses, Luis Buñuel se agarra a la inmensa Catherine Deneuve y a su volátil interpretación para dar rienda suelta a un relato en el que el corsé burgués se enmaraña con la liberación sexual de la mujer. Ella es una esposa modélica, sensible y delicada. Tiene una apariencia incorrupta que se ha ido gestando desde su conservadora niñez. Cuida de su hogar y de su marido. Sin embargo, sueña con otra vida. Enfermizas historias de amor le desvelan mientras la perversa fantasía corrompe su hipócrita cotidianidad. Quiere a su chico, Jean Sorel, pero el acomodo la espanta. En el fondo, busca desatarse. La prostitución emerge como un universo subterráneo, atractivo y peligroso a la vez. Es así, temerosa, como acude a reclamar la atención de Madame Anais. Pronto la bautizarán: Belle de jour. El machismo lo carcome todo, sueño y realidad. Tanto da un burdel como una casa de bien. La hipnótica puesta en escena del cineasta estalla definitivamente con la presencia de Francisco Rabal y, sobre todo, con el enigmático personaje a quien interpreta Pierre Clémenti. El aire feminista se agita con un torbellino misógino. Los fantasmas, reales e imaginarios, alteran la simulada inocencia del verdadero corazón del film que, como digo, no es otro que Catherine Deneuve. Todo es muy turbio en esta voraz odisea femenina.     

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Luis Buñuel (1967) Belle de jour

Las maravillas que están por descubrir

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Gelsomina ya no quiere ser una niña. Ha vivido feliz todo este tiempo en compañía de sus padres y hermanas, alejada de las grandes ciudades y de la vida estandarizada. Ha crecido en “otro” mundo, con otras normas y velocidades. Duermen al aire libre. Es el paisaje bucólico que retrata Alice Rohrwacher. Son apicultores, viven con y de la naturaleza. Los niños trabajan como los adultos. No van a la escuela. Se educan entre sí, con afecto y respeto. Pero ella quiere ir más allá, salir de los invisibles muros que existen en su finca. Es el paso del tiempo. Lucha contra los cuidados de su padre, Sam Louwyck, a quien le gustaría que su niña nunca creciese. Sin embargo, es la hora de marchar. Un programa de televisión promete en boca de Monica Bellucci un mundo de maravillas. Aunque la verdadera maravilla está en las abejas, en su familia y en ella misma. Maria Alexandra Lungu evoca a la nostálgica inocencia felliniana de La Strada. Simboliza, al mismo tiempo, la llegada de una tímida adolescencia que despierta con la llegada de un chico al lugar. La cineasta echa la vista atrás para pincelar con delicadeza y tintes autobiográficos este relato sobre su infancia, sus orígenes. 

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Alice Rohrwacher (2014) Le meraviglie 

Amor y otras cosas en Long Island (III)

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Be good to her, and she’ll be good to you.

La novia de Robert Burke no termina de quererlo. Se la acaba de pegar. Por partida doble, además. El amor de su vida lo ha dejado… en mitad de un atraco que él mismo había ideado. Ni chica ni dinero. Está jodido: trouble and desire. Es la tragedia de la vida, cuenta. Con esas aparece por allí su hermano menor, Bill Sage. Busca a su padre, un anarquista revolucionario que lleva 20 años escondido. En el camino acaba de quedar prendado de Holly Marie Combs, sensual colegiala que decide ayudarlo. Tiene un nombre y un lugar. Juntos, los hermanos, se dirigen hacia Long Island. Tienen los bolsillos tan vacíos como su corazón. El mayor dice que se quedará para siempre con la siguiente rubia que encuentre en su vida: pam, Karen Sillas aparece en escena. En su expediente colean más derrotas de las que uno podría imaginar. Al pequeño le hace gracia la rarita de Elina Löwensohn, quiere enamorarse de una puñetera vez. Han alterado, entre los dos, las líneas maestras de un pequeño pueblo de interior. Son los suburbios norteamericanos. Van en busca de su padre y, por el camino, quieren hacer su revolución: propagan el amor romántico. Menudos versos libres escribe Hal Hartley, poeta de la clase trabajadora estadounidense. Llena la narración de náufragos mientras en el ambiente se palpa una extraña naturalidad. Diálogos para enmarcar. Suena Sonic Youth y todos bailan en una escena estupenda. Una de tantas. Los vagabundos de esta narración no dicen nunca “te quiero”. Tampoco hay acaramelados besos ni cursis discursos. Basta una mirada. Es cine subversivo, mordaz, romántico. Es muchas cosas más. Y todas son buenas.

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Hal Hartley (1992) Simple men

El amor según Kubrick

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A James Mason se le está pasando el arroz. En su interior, en cambio, se siente tan joven como cuando tenía veinte años. Por eso se lanza al nuevo mundo, arriesgando. Deja atrás Europa y su vida de siempre para refugiarse en la aburguesada New Hampshire. Una viuda le corteja, aunque él no está interesado. No quiere un alquiler que conlleve tal extra. Pero sale al jardín… y allí está, Lolita. La acaba de retratar de forma imperecedera Oswald Morris. La quiere para sí. Propiedad privada. El obsesivo deseo de Vladimir Nabokov llega a la gran pantalla. La juguetona Sue Lyon, icónica en cuanto a tentación se refiere, vuelve majara al protagonista. También a su madre, otra desquiciada: monumental Shelley Winters en su papel de ilusa romanticona. Cuánto sentimiento encontrado. Falta un encantador de serpientes como Peter Sellers, maestro de la oscuridad aquí, para completar este turbio lienzo sobre perversión humana. Lo del amor es un viejo chiste a ojos de Stanley Kubrick. Si en Eyes wide shut un pensamiento infiel abría el recital de sexo corrupto y descarriados deseos, en Lolita bastan las piernas de una quinceañera para destrozar conciencias a base de celos, erotismo y pavor. Todo es sutil y figurado. También intrincado. El cineasta maneja la narración con gusto. El pecado, junto con la manipulación y el engaño, se lee entre líneas.  No hace falta ser explícito con el tema: la cara de el profesor habla por sí sola. Aquí no hay almíbar ni postales románticas. El nombre de Dolores Haze denota simple poesía de la vulgaridad y el patetismo.  

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Stanley Kubrick (1962) Lolita

Amor y otras cosas en Long Island (II)

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– I respect and admire you.
– Is that love?
– No, that’s respect and admiration.

La noche cae mientras en una vieja casa se encuentran dos jóvenes vagabundos. Ella tiene 17 años y está preñada. O lo que es lo mismo: I am ashamed of being young I am ashamed of being stupid. Es la estupenda Adrienne Shelly, recital. Él aparece allí medio deprimido, medio suicida. Como siempre. Escupe al mundo porque no le gusta lo que ve. Se refugia en los libros, en su introversión. Es Martin Donovan, “peligrosamente sincero”. Son las dos pinceladas que dan forma a un Long Island alienado por la televisión, anestesiado sentimentalmente y preso del desafecto. Se sienten vulnerables, quieren escapar de allí. El vacío se adorna, en cambio, con un afectuoso arcoíris. Caes así en la brillantez de los diálogos y sonríes frente al mordaz sentido del humor del cineasta. Mientras tanto, los personajes te han atrapado con su extraña -o no tan extraña- forma de ser. Todo es de una bonita sencillez. Y nada resulta empalagoso. Hal Hartley no solo vuelve a retratar lúcidamente las estructuras que rigen a la clase trabajadora estadounidense, sino que, en un repunte de originalidad y frescura, imparte cátedra en el tema más manido de todos: el amor.

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Hal Hartley (1990) Trust

La maldad

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Otra vez Michael Haneke. Vuelve a hacerlo, vuelve a inquietarme. Opta esta vez por el blanco y negro. Cambian las formas, pero el alma de su cine sigue ahí: la turbiedad se impone al analizar la condición humana. Lanza su mirada crítica sobre la Alemania de 1913, en plena antesala de la I Guerra Mundial. En una pequeña aldea, los extraños acontecimientos se suceden. Todo es violento. Los niños son golpeados, las cosechas destrozadas y el granjero quemado. Nadie sabe quién hay detrás de esto. Ni siquiera Christian Friedel, profesor local y guía -voz en off– de la narración. A este le da tiempo, mientras tanto, de enamorarse. Es una gota de bondad en el jardín del mal. El cineasta hace una fotografía de la época y la desmenuza. La rigidez del protestantismo se entrelaza con un acentuado -además de aristocrático- escenario clasista. El adulto -cínico, enfermizo y monstruoso- se contrapone al joven. Estos últimos tienen nombre, aquellos no. El cineasta juega con el misterio, con el espectador. Hace ya tiempo, en cambio, que ha resuelto el mismo: una línea invisible y continuista que une a las distintas generaciones. Es la maldad. Viene del pasado -de los mayores- para contagiar al presente -los niños- y marchitar el futuro con este virus. El germen de la Alemania nazi, ese sobre el que reflexionaba Hanna Arendt, podría ser una lectura de este film. Sin embargo, no es un relato urbano, no es industrial. Tampoco se rodea de las masas. Tan solo hay ciertas pinceladas. El personaje del Doctor, icono de la ciencia, es terrorífico. No menos que la figura del Pastor, ese que clama a Dios mientras humilla a sus hijos de mayor edad. Tampoco la patriarcal figura del Barón -último aliento de un régimen político que se derrumba- queda bien parada. El paisaje bucólico se torna distópico, la inocencia de la cinta blanca queda difusa y el terror -en su expresión más pura- se impone sobre los más pequeños. 

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Michael Haneke (2009) Das weisse Band – Eine deutsche Kindergeschichte

En la colina de la pobreza

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Missouri. Los años de la Gran Depresión. La sociedad se parte a trozos desiguales en los Estados Unidos. Mientras eso sucede, un niño crece a la fuerza. Tiene una inventiva esplendorosa en sus narraciones. Cautiva a su profesora. Tiene un don: es avispado, perspicaz e inteligente. Algún día será un gran escritor conocido como A.E. Hotchner. Ahora, en cambio, soporta la triste realidad que le acompaña: es pobre. Genial Steven Soderbergh en la escena en la que el muchacho huye por la ventana en mitad de una acomodada fiesta de graduación. Se siente señalado, culpable… ¿culpable de qué? Su madre está enferma, le alejaron de su hermano y su padre no hace otra cosa que acumular tortazos. Está solo, rodeado de náufragos como él que malviven en la tercera planta de un fatigoso hotel. La narración avanza ligera a pesar de la sudorosa fotografía que le acompaña. Es una película que ves con gusto. Sorprende el protagonista, Jesse Bradford: colosal en su odisea. Y me gusta la complicidad que mantiene con Adrien Brody, otro que está de sobresaliente. Tiene, sin embargo, un final acaramelado que destroza, por tramposo y manipulador, la notable línea que hasta los cinco minutos finales había proyectado el film.  

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Steven Sorderbergh (1993) King of the hill