Tralala

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El país libre por excelencia celebra su buena salud. Son los años cincuenta, el bienestar comienza a repartir sus bondades y los políticos se permiten el lujo de defender sus ideales por todo el mundo. Detrás de los atavíos del mercado, sin embargo, en el patio trasero que representa Brooklyn, todo parece distinto: es la cara B de un mismo discurso. El ambiente es sórdido a ojos de Uli Edel. Los jóvenes se abrazan a la salvaje violencia. Burt Young busca rescatar, aunque sea religiosamente, el honor de su hija, preñada de ocho meses. Stephen Lang se olvida de su atractiva esposa, de su bebé recién nacido. Pervierte al sindicalismo entre travestis, alcohol y homosexualidad reprimida. Los estibadores defienden lo suyo. Durante el día insultan y golpean al esquirol, arremeten contra el patrón. Mientras, por la noche, se entretienen con las mejores tetas del mundo occidental, las que muestra una olvidada Jennifer Jason Leigh. Algún apuesto marine ha quedado prendado de sus encantos. Otros muchos han pagado de su bolsillo su sucia zalamería. Todos, en cualquier caso, se marchan hacia Corea. Tienen que defender con su vida la construcción de un nuevo orden mundial: el magnate surcoreano de hoy en día podría, al menos, darles las gracias. La lucha de clases se ahoga en Nueva York. Entre tanto, un chaval queda fascinado por una vieja moto. Sueña con montar en ella a Tralala. Es la porción que pide del sueño americano. Solo eso.

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Uli Edel (1989) Last exit to Brooklyn

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Diario de un naufragio

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Noches sin huella. Los errores del pasado vuelven sin piedad. Willem Dafoe dejó atrás la compañía de la droga. Plenamente cabal, observa las miserias de su realidad: está solo y abandonado. Todos saltan del barco ahora que se hunde. Susan Sarandon se marcha. Y a él todo ello le hace pensar mientras ajusta la cantidad a distribuir. Son diecinueve gramos, no veinte. Trapicheos y menudeces, en eso ha terminado su vida. Nueva York está hambrienta, pecados de la gran ciudad. Luce sucia y desangelada. John LeTour recuerda al Travis Bickle de Paul Schrader, si bien estarían en diferentes trincheras: este último no hubiese dudado en borrar del mapa a un despojo como aquel. Sentimental, le gustaría abrazar a alguien. Pero no puede, ya no. ¿Cabe la redención? Dana Delany tiene la hiriente respuesta. Traficante de qué. De ilusión y deseos, pese a todo. Aún le queda eso cuando estrecha la mano de su compañera.

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Paul Schrader (1992) Light sleeper

En la soledad de la ciudad

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La noche cae y un grupo de personas se despide. El alma de Dostoievski pulula en el ambiente. Cada uno va por su cuenta. Uno de ellos vaga por las calles de Livorno. Es Marcello Mastrioanni, más solo que nunca. ¿Acaso fue feliz algún día? Está harto de no hablar con nadie, de no sentir nada. Un nómada sin raíces que escucha, de pronto, un llanto. Es la hermosa Maria Schell abrazada a un melancólico puente, esperando, entre la decepción y la tristeza, la vuelta de su amado. Él le habla tímidamente mientras se ofrece para acompañarla a casa. Ella acepta a regañadientes. ¿Comienza así una nueva historia de amor? Eso le gustaría a él, quizás el chico más apuesto del lugar. Una íntima batalla escenificada con sentimiento y emoción -que no sensiblería- por Luchino Visconti. La fotografía de Giuseppe Rotunno es preciosa. Él la quiere, aunque ella no lo quiere a él. Él le dice que la esperará, mientras ella dice que quizás. Él se resigna, pues el corazón de ella está ocupado en otro sitio. El pobre infeliz no ha conseguido escapar de la soledad de la ciudad. La historia acaba igual que comienza: Nino Rota lo expresa maravillosamente. Al menos han bailado, han reído y han paseado felices.

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Luchino Visconti (1957) Le notti bianche

I like New York in June…

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Jeff Bridges se creía invencible. En estos días, sin embargo, su tristeza solo encuentra refugio en la botella, y en las curvas de la explosiva Mercedes Ruehl. Así, en un suicida rodeo nocturno por una de los mejores Nueva York que nos ha brindado el cine, esa que camina entre el wild side de Lou Reed y el like a rolling stone de Dylan, tropezará con dos imbéciles del tipo universal, de esos que apalean, entre la diversión y el dogma, al outsider. Pero irrumpirá Robin Williams, antaño profesor de Historia medieval, ahora guardián de la noche neoyorquina, para rescatarlo. Y locos perdidos, buscarán el Santo Grial. Buscarán, de esta forma, darle un sentido a sus vidas, ahora que parecen sedientos, como aquel rey pescador. Y con esas, despierta Amanda Plummer con su soledad, con sus casposas novelas románticas, con su torpeza para degustar la comida asiática. ¿Cómo siente la vida un vagabundo? Como cualquier otra persona, a ojos de Terry Gilliam. Faltaría más. Ellos lloran frente al dolor. Y también echan de menos a los que no están. Pero todavía tienen la capacidad de amar, de enamorarse otra vez, de volver a sonreír. Se desnudan para observar las estrellas en Central Park. Se visten con sus mejores vestimentas (¡viva lo hortera!) para cortejar a sus chicas. Vuelven a sentirse vivos, a ser felices, mientras canturrean a Sinatra por los pasillos de un manicomio… how about you?

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Terry Gilliam (1991) The fisher king

Elegía a un padre de familia

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En la Roma de la posguerra malvive Lamberto Maggiorani. Una bicicleta le basta para escapar del hambre, para dibujar una sonrisa en la faccia de su mujer, la estupenda Lianella Carell. No son actores profesionales, ni falta que les hace. Es simple humanidad lo que exponen. ¿Quién es el ladrón en esta historia? Tantas cosas se han robado… la dignidad de él, la felicidad de ella y, quizás, el mañana de Enzo Staiola, hijo de ambos. La desigualdad interclasista se palpa a cada rato: preciosa la escena en la taberna. A tutto si rimedia, meno che alla morte dice aquel. Mientras tanto, justo a su lado, la burguesía disfruta de la buena vida. La fotografía de Carlo Montuori capta la melancolía de esa hermosa y a la vez pobre ciudad, desde la Piazza Vittorio a la Porta Portese. Refugiado en la emotividad y en la sencillez, Vittorio De Sica escupe esta mísera odisea proletaria, despidiéndose desde la vergüenza y la humillación. 

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Vittorio De Sica (1948) Ladri di biciclette

El imperio de la negación

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¿Dónde está Lea Massari? Las olas, el mar, el viento y las rocas escarpadas. La metáfora de la soledad de la isla. El paisaje, fotografiado por Aldo Scavarda, comparte protagonismo con Gabriele Ferzetti y Monica Vitti. ¿Cómo pueden enamorarse dos personas, el novio y la amiga de la desaparecida, cuando precisamente tratan de averiguar el paradero de esta? A Michelangelo Antonioni le importa poco dónde está Anna. Busca desentrañar el porqué de esa torpeza, de ese sinsentido. Claudia, temerosa en Lisca Bianca ante la ausencia de su amiga, teme ahora, rodeada entre el precioso barroco siciliano de Noto, el retorno de la misma. ¿Es posible el amor sin herida? La psicología de los personajes fluye a través de la desaprensión. Cuesta mucho decir un simple “te quiero”. Es el imperio de la negación. La errante búsqueda de cariño y amor que frustra la aventura sentimental. Contradicción sobre las relaciones humanas: la utopía de no hacer daño a quien amas. 

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Michelangelo Antonioni (1960) L’avventura