Elias Koteas

The Killing

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Comenzó siendo aquel policíaco tenebroso, evocador de la mítica The Silence of the Lambs (1991), que tan buenas sensaciones dejó en sus dos primeras temporadas. La gracia, además de las sesudas investigaciones, recaía en la química que existía en la pareja protagonista: Holder y Linden. Eran dos desvalidos que, de pronto, se tenían el uno al otro. Luchaban contra fantasmas, contra monstruos, contra recuerdos tortuosos. Parecían invencibles, aunque no lo fuesen. 

Terminadas las dos primeras temporadas, la serie comenzó a desorientarse. Nombres como Jonathan Demme y Elias Koteas buscaban otorgar un punto de glamour a una obra que no lo necesitaba. El salvajismo más primigenio era su gasolina. El ambiente era hostil, claustrofóbico. Y si escapaba de él, erraba. Así, al defecto de origen -ser un remake de la serie danesa Forbrydelsen (2007)- se le unía en el debe una irregular tercera temporada. La cosa comenzaba a decaer. Y la cuarta temporada, una acelerada despedida, tampoco ha despertado pasiones. El final se encuentra, como digo, en las antípodas de su esencia: la turbiedad. Con todo, una obra notable.