Jack Nicholson

Chinatown

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¿Homenaje al cine negro? Chinatown es un referente del cine negro. Filmado veinte años después de su edad de oro, sí; cuando Hollywood ya lo había olvidado, sí. Aparece entonces Roman Polanski para dar forma a un guion, el de Robert Towne, tan sencillo como detallista, que sienta cátedra en la materia. Mientras suena la música de Jerry Goldsmith, un nombre luce en especial: Jake Gittes, detective privado. En su despacho le muestra a un cliente, absolutamente desesperado, las fotos de una infidelidad. Es la especialidad de la casa. Y pronto llega otro encargo de tema similar. Jack Nicholson lo acepta y sonríe. No sabe dónde se ha metido. Quizás sea peor que aquella vez, peor que aquel recuerdo del que no quiere hablar, peor que aquellos días en Chinatown. Pero él todavía no lo sabe. Es el año 1937 y hace un calor infernal en Los Ángeles. Así lo transmite la fotografía de John A. Alonzo: la sequedad y el tono terroso se imponen. Y aparece Faye Dunaway para cambiarlo todo: de la infidelidad se pasa a la guerra del agua. El realismo de Polanski entrelaza la violencia, la fatiga y la desesperación. Todo se complica cada vez más. Hollis Mulwray, personaje capital, lucha para que el agua sea de todos; mientras, el malo malísimo, John Huston (Noah Cross), la quiere entera para sí… construir el futuro. Eufemismo, esto último, de codicia. La corrupción se apodera de la ciudad angelina. Chinatown, otra vez, ejerce como metáfora de todo ello. Falta el brutal enigma que acompaña a Diane Ladd. Y un final que encuentra su espejo en unas pocas palabras: Forget it, Jake. It’s Chinatown..     

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Roman Polanski (1974) Chinatown

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El desencanto de una generación

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En algún lugar de California se deja llevar Jack Nicholson. Uno de los grandes actores de siempre debuta como protagonista en Hollywood. En su casa, una foto de Kennedy adorna el salón. La nostalgia de Bob Rafelson, quizás. La estampa del protagonista desprende vacío, desolación. Por eso baila en mitad de un atasco. Por eso toca el piano a lomos de un viejo camión. Fue un niño prodigio, sin embargo, su presente está como operario en la refinería. ¿Por qué? Karen Black llora. Brutal personaje. Es la novia camarera: ilusa, despreocupada e inocente. La juventud se despide de ella. Y la ha desperdiciado con un payaso. Él no la quiere, huye de sus caricias. Por eso se entretiene con la primera fulana que se le cruza. La anarquía y la lucidez lo marchitan, mientras la insatisfacción reina en el ambiente: así lo capta la fotografía de Laszlo Kovacs. El espíritu del ’68 martillea a la sociedad estadounidense. No se encuentra cómodo en ningún lugar. Ni siquiera con su familia. Se ha enredado con la minifalda de su cuñada, la arpía de Susan Anspach. Puede que sea su escapatoria, su brújula… no, no va a suceder. Ella tiene un esquema ordenado sobre la felicidad, y piensa seguirlo al pie de la letra. Llora ante su padre. Llora de frustración, de rabia, de impotencia. Se mira al espejo y no se reconoce. Quiere desayunar tostadas, pero ni eso le conceden. Grita y se enfurece: es la mejor escena del film. El american dream se lleva un bofetón en toda regla. 

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Bob Rafelson (1970) Five easy pieces