Kris Kristofferson

El final de Arcadia

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Dos jóvenes corren, saltan de alegría. Es el año 1870. Tienen el futuro en sus manos, rendidos frente a la despreocupación. Pertenecen a la clase social de los elegidos: acaban de graduarse en Harvard. Les importa un rábano el discurso de graduación sobre realzar la cultura… ellos solo tienen ojos para las chicas. En 1890, las cosas han cambiado. El paso del tiempo les pesa. Una lista de la muerte tiene la culpa: 125 personas deben desaparecer de Wyoming. La Stock Growers’ Association acaba de declarar la guerra a los “anarquistas y ladrones” que pueblan Johnson County. Mientras, John Hurt ahoga en el alcohol el mundo de hipocresía y cinismo en el que vive. En el fondo, este grupo empresarial tan solo quiere borrar del mapa a los inmigrantes llegados desde Europa, ahora convertidos a campesinos en la tierra de las oportunidades. Es la América que se construye desde la costa este, desde Wall Street. La América que se levanta a base de violencia y sangre. Generalmente, la sangre del débil, del pobre. Atroz. Y todo con la complacencia de la política, bajo el amparo de la ley. El vínculo clasista se acentúa con los dilemas de los protagonistas. Kris Kristofferson renuncia a sus privilegios, a su opulencia. No quiere formar parte de esta génesis. Luchará del lado de los desfavorecidos. Frente a él, Christopher Walken, inmigrante de origen, asesina en nombre de los intereses elitistas. Ambos dos, por si fuera poco, se han rendido a los encantos de la sensual Isabelle Huppert, prostituta local. Pero el tiempo continúa avanzando: en 1904 un barco navega por las costas de Newport. Un hombre taciturno camina por la cubierta, abrazado al desencanto. Puñetazo seco. El tríptico de Michael Cimino escupe sin disimulos un capítulo importante de la historia estadounidense. Fotografiado estupendamente por Vilmos Zsigmond, este western siempre ha cargado con la etiqueta de maldito. Hundió a la United Artists, cuna de Chaplin y Allen. El cineasta nunca volvió a ser el mismo. Y Reagan tuvo su excusa para liquidar Arcadia. Al menos, la cosa mereció la pena.

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Michael Cimino (1980) Heaven’s gate