Toni Servillo

La vida como espectáculo mortal

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Cuando dos personas conocen un secreto, este deja de serlo. Quizás por ello, Toni Servillo, afincado en Lugano, en la melancolía y en el insomnio, sea una persona arisca y hermética. El mayor divertimento de su vida consiste en fumar. No espera nada ni a nadie. Cuenta que, en esos momentos de soledad e introversión, el mayor horror de todos es perder la imaginación. La vida se convierte entonces en un spettacolo mortale. No le falta razón. Le han quitado la vida, susurra al final lleno de frustración. La heroína, inyectada metódicamente, le distrae: alivia el camino. Pero necesita algo más. Salir de ese letargo, espantar el aburrimiento. Por eso se arriesga. Se acerca a la belleza de Olivia Magnani. Pequeña revolución romántica y utópica contra su miserable existencia. Paolo Sorrentino saca el pincel. Apoyado en su peculiar estética -no falta la excelente fotografía de Luca Bigazzi– realza las sombras del árbol: seguro que aquel tipo, en sus ratos de nostalgia, todavía piensa en aquella amistad de la infancia. Un pequeño oasis para difuminar la amargura que se apodera de él. Aparte de esquiar, ¿cuál es el deporte nacional de Suiza? Al menos dirá adiós de una manera rocambolesca. Morir en Campania, en una hormigonera. Otra vida más.  

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Paolo Sorrentino (2004) Le conseguenze dell’amore

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