Vilmos Zsigmond

El cazador

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Son los comienzos de los años setenta en Clairton, Pensilvania. Es una pequeña población donde casi todos se conocen. Viven del acero. Sus calles están llenas de trabajadores. Es allí donde un grupo de amigos hace su vida: les gusta divertirse en el bar, tontear con las chicas y salir los fines de semana a cazar. No hacen mucho más, pero les basta. John Savage está a punto de casarse y, en plena boda, John Cazale monta el cuadro con su novia Angela. Mientras, Christopher Walken se declara, borracho perdido, ante una guapísima Meryl Streep. Chica, por cierto, que también le gusta a Robert De Niro, su mejor amigo. Es la clase obrera estadounidense, con sus virtudes y defectos, retratada por Michael Cimino. ¿Qué pintan estos chicos en VietnamI like the trees, you know? I like the way that the trees are on mountains, all the different… the way the trees are. Así es como se ahoga una vida. Cómo sobrevivir a la escena de la ruleta rusa. Lucha el protagonista por sus amigos, porque a ciertas cosas la guerra no puede vencer. Triunfa la amistad, pero su corazón ha quedado marchito para siempre. Nunca más podrá volver a disparar a un ciervo. En Saigón, mientras tanto, la mirada de un joven ha enloquecido. Vilmos Zsigmond nos fotografía el dolor, la desesperación. También la melancolía. El cineasta realiza una película humana, de crítica sutil y que te deja el corazón pungido. Es una obra maestra del cine. Hemos vuelto a los Estados Unidos, pero la felicidad de la boda ha quedado soterrada en un triste funeral. Ya nada volverá a ser igual.  

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Michael Cimino (1978) The deer hunter 

El final de Arcadia

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Dos jóvenes corren, saltan de alegría. Es el año 1870. Tienen el futuro en sus manos, rendidos frente a la despreocupación. Pertenecen a la clase social de los elegidos: acaban de graduarse en Harvard. Les importa un rábano el discurso de graduación sobre realzar la cultura… ellos solo tienen ojos para las chicas. En 1890, las cosas han cambiado. El paso del tiempo les pesa. Una lista de la muerte tiene la culpa: 125 personas deben desaparecer de Wyoming. La Stock Growers’ Association acaba de declarar la guerra a los “anarquistas y ladrones” que pueblan Johnson County. Mientras, John Hurt ahoga en el alcohol el mundo de hipocresía y cinismo en el que vive. En el fondo, este grupo empresarial tan solo quiere borrar del mapa a los inmigrantes llegados desde Europa, ahora convertidos a campesinos en la tierra de las oportunidades. Es la América que se construye desde la costa este, desde Wall Street. La América que se levanta a base de violencia y sangre. Generalmente, la sangre del débil, del pobre. Atroz. Y todo con la complacencia de la política, bajo el amparo de la ley. El vínculo clasista se acentúa con los dilemas de los protagonistas. Kris Kristofferson renuncia a sus privilegios, a su opulencia. No quiere formar parte de esta génesis. Luchará del lado de los desfavorecidos. Frente a él, Christopher Walken, inmigrante de origen, asesina en nombre de los intereses elitistas. Ambos dos, por si fuera poco, se han rendido a los encantos de la sensual Isabelle Huppert, prostituta local. Pero el tiempo continúa avanzando: en 1904 un barco navega por las costas de Newport. Un hombre taciturno camina por la cubierta, abrazado al desencanto. Puñetazo seco. El tríptico de Michael Cimino escupe sin disimulos un capítulo importante de la historia estadounidense. Fotografiado estupendamente por Vilmos Zsigmond, este western siempre ha cargado con la etiqueta de maldito. Hundió a la United Artists, cuna de Chaplin y Allen. El cineasta nunca volvió a ser el mismo. Y Reagan tuvo su excusa para liquidar Arcadia. Al menos, la cosa mereció la pena.

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Michael Cimino (1980) Heaven’s gate    

Adiós al valle

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Cuatro amigos deciden olvidar la vida en Atlanta por unos días. El domingo estarán de vuelta para disfrutar del partido. Sin problemas. Piensan evadirse rodeándose de la naturaleza, adentrarse en los montes Apalaches y navegar el río Cahulawassee. Tal río, en realidad, no existe. Son aguas inventadas por James Dickey, aunque la ficción también le pone fin: una presa, amenaza explícita en el cine de John Boorman (La selva esmeralda, 1985), terminará prematuramente con el valle. A Ned Beatty, fantoche urbanita, poco le importa. Quiere su tienda de campaña, su vino y sus risas con los amigos. No sabe todavía lo que le viene encima. La calidez de la naturaleza -tan bien retratada por Vilmos Zsigmond– dura un asalto. El karma de los bosques no quiere a estos chicos de ciudad merodeando por allí. Aquella se rebela contra el intruso. El río los escupe. Y el montañero los maltrata. El arco de Burt Reynolds contraataca. La mirada de Jon Voight aterra. El hombre es un lobo para el hombre. Una vez más, la violencia y las manidas tinieblas se imponen. Se esfuma la armonía en nombre de la supervivencia. Dos mundos que colisionan: ¿quién golpeó primero? Pesadilla impoluta. Queda Ronny Cox y un harapiento muchacho… un duelo banjo-guitarra emblemático.    

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John Boorman (1972) Deliverance