Violencia

The Killing

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Comenzó siendo aquel policíaco tenebroso, evocador de la mítica The Silence of the Lambs (1991), que tan buenas sensaciones dejó en sus dos primeras temporadas. La gracia, además de las sesudas investigaciones, recaía en la química que existía en la pareja protagonista: Holder y Linden. Eran dos desvalidos que, de pronto, se tenían el uno al otro. Luchaban contra fantasmas, contra monstruos, contra recuerdos tortuosos. Parecían invencibles, aunque no lo fuesen. 

Terminadas las dos primeras temporadas, la serie comenzó a desorientarse. Nombres como Jonathan Demme y Elias Koteas buscaban otorgar un punto de glamour a una obra que no lo necesitaba. El salvajismo más primigenio era su gasolina. El ambiente era hostil, claustrofóbico. Y si escapaba de él, erraba. Así, al defecto de origen -ser un remake de la serie danesa Forbrydelsen (2007)- se le unía en el debe una irregular tercera temporada. La cosa comenzaba a decaer. Y la cuarta temporada, una acelerada despedida, tampoco ha despertado pasiones. El final se encuentra, como digo, en las antípodas de su esencia: la turbiedad. Con todo, una obra notable.    

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La maldad

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Otra vez Michael Haneke. Vuelve a hacerlo, vuelve a inquietarme. Opta esta vez por el blanco y negro. Cambian las formas, pero el alma de su cine sigue ahí: la turbiedad se impone al analizar la condición humana. Lanza su mirada crítica sobre la Alemania de 1913, en plena antesala de la I Guerra Mundial. En una pequeña aldea, los extraños acontecimientos se suceden. Todo es violento. Los niños son golpeados, las cosechas destrozadas y el granjero quemado. Nadie sabe quién hay detrás de esto. Ni siquiera Christian Friedel, profesor local y guía -voz en off– de la narración. A este le da tiempo, mientras tanto, de enamorarse. Es una gota de bondad en el jardín del mal. El cineasta hace una fotografía de la época y la desmenuza. La rigidez del protestantismo se entrelaza con un acentuado -además de aristocrático- escenario clasista. El adulto -cínico, enfermizo y monstruoso- se contrapone al joven. Estos últimos tienen nombre, aquellos no. El cineasta juega con el misterio, con el espectador. Hace ya tiempo, en cambio, que ha resuelto el mismo: una línea invisible y continuista que une a las distintas generaciones. Es la maldad. Viene del pasado -de los mayores- para contagiar al presente -los niños- y marchitar el futuro con este virus. El germen de la Alemania nazi, ese sobre el que reflexionaba Hanna Arendt, podría ser una lectura de este film. Sin embargo, no es un relato urbano, no es industrial. Tampoco se rodea de las masas. Tan solo hay ciertas pinceladas. El personaje del Doctor, icono de la ciencia, es terrorífico. No menos que la figura del Pastor, ese que clama a Dios mientras humilla a sus hijos de mayor edad. Tampoco la patriarcal figura del Barón -último aliento de un régimen político que se derrumba- queda bien parada. El paisaje bucólico se torna distópico, la inocencia de la cinta blanca queda difusa y el terror -en su expresión más pura- se impone sobre los más pequeños. 

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Michael Haneke (2009) Das weisse Band – Eine deutsche Kindergeschichte

Facultad de Ciencias de la Información

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En Madrid, un hombre se ha tirado a las vías y Ana Torrent presta atención. Lo busca con la mirada, presa del morbo. Quiere ver la muerte. No miren se escucha desde el andén. No lo hace. Abre Tesis. La Facultad de Ciencias de la Información de la Complutense es el escenario elegido por Alejandro Amenábar para su ópera prima. Apenas tiene veinticuatro años. Le falta experiencia, oficio. Le sobra desparpajo y talento. José Luis Cuerda impulsa su carrera. Mientras, él bebe de Hitchcock, fuente inagotable de inspiración: suspense, tensión y paroxismo. El esquema es básico. Todo comienza con una investigación, la de Ángela. Un profesor y un estudiante le ayudan a conseguir material de estudio. Y aparece una snuff movie, violencia pura. No mires, otra vez, le dice Chema. A partir de aquí, una chica desaparecida, una cámara como sospecha, la extraña complicidad de Fele Martínez y una historia de amor -entre la protagonista y Bosco- enfermiza. El despacho de un profesor, las aulas, el archivo, la cafetería o los pasillos… son elementos que se despojan de cualquier atisbo de neutralidad para convertirse en lanzas de excitación y nervio. La esquiva apariencia de los personajes, con especial referencia al color de los ojos de Eduardo Noriega, ayuda a levantar la intriga. Los laberintos semiocultos de la facultad alcanzan su máxima expresión entre cerillas y oscuridad: Me llamo Ángela, me van a matar. La protagonista lo pasa mal con su tesis, y nosotros con ella. Falta resolver el interrogante principal -quién lo hizo- con un final que raya la perfección. En el camino, desde el primer plano hasta el último, Amenábar ha ido codificando su crítica principal: el sensacionalismo que impera en el espectador y, todavía más importante, el poder de contagio de los medios de comunicación: les advertimos que las siguientes imágenes pueden herir la sensibilidad del público… 

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Alejandro Amenábar (1996) Tesis

Camino hacia la desesperanza

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Doc McCoy cumple diez años de condena. No quiere ni pensar en ello. Está desesperado, frustrado. Necesita la condicional, salir. Enfrente suya está Jack Benyon. Él tiene la llave. Steve McQueen, por su parte, tiene su reputación, su nombre. Los mafiosos se lo rifan: con él, el golpe está asegurado. Ben Johnson lo sabe… y tiene un plan. El as en la manga es Ali MacGraw, sofocando, menuda contradicción, los incendios provocados por su marido. Estupenda historia de amor (imposible). Así es como se orquesta todo. Irrumpe uno de los peores villanos de la historia del cine, Al Lettieri (en su tiempo, Sollozzo El Turco), y su misógino romance con la explosiva Sally Struthers. Llega el golpe, el botín (500 mil dólares) y las verdades a medias. Carol McCoy nos cautiva revólver en mano: ha elegido a su chico. Y entonces llega la persecución… y la huida. El Paso aparece como el final del camino. La novela de Jim Thompson cae en manos de Walter Hill, maestro de la acción. Los últimos cuarenta minutos son terreno vedado: pertenecen a otro maestro, Sam Peckinpah. La cámara lenta se impone en las escenas de acción. Las persecuciones en coche se suceden. Y la mugre, lo cochambroso nos invade: impecable la escena del camión de la basura. El director camina hacia la desesperanza. Entregado a la violencia, a la vida en el alambre. Sufren sus personajes, sufre McQueen, sufre MacGraw. La Huida es tierna y violenta, enternecedora y sangrienta. No hay héroes en ella. Tampoco modelos a seguir. Mi película favorita de Peckinpah. Queda así un título memorable de los setenta. Y quedan veintidós años para que Tony Scott, Quentin Tarantino, Christian Slater y Patricia Arquette les rindan un fabuloso homenaje: True romance.  

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Sam Peckinpah (1972) The getaway